Ida

Es muy probable que me ausente por un tiempo del blog, hasta que esté lo suficientemente triste como para volver a escribir. Por el momento lo que siento es nada más una urgente necesidad de... te lo puedo decir al oído, never mind.

Adrienne

No, no se llama Adrienne ni es una mujer, pero bueno.



I've been thinking about you, my love,
And all the crazy things that you put me through.
Now I'm coming around, throwing it back to you.
Were you thinking of me when you kissed him?
Did you taste me when you licked his skin?
All the while I showered you with trust and promises.
What I'm needing now is some sweet revenge,
To get back all that I lost then.
I gave you all I had to give, but I could never reach you...

Oh, Adrienne, I thought I knew you.
Once again, you used me, used me...
Adrienne, I should have left you.
Long before you used me, used me up.

Spent my money, drove my car.
I treated you like a shining star,
But in my sky all burnt out you are
And I'll have the last laugh,
when I see you walking with some other guy,
'Cause I know you're gonna end up all alone.
So take these words, some good advice:
All you've done's gonna come back twice.
You never cared how much it hurt,
I really need to tell you:

Oh, Adrienne, I thought I knew you.
Once again, you used me, used me...
Adrienne, I should have left you.
Long before you used me, used me up.

What I'm needing now is some sweet revenge
To get back all that I lost then.
I gave you all that I had to give,
but I could never reach you!

15

Dolida es poco.

Marina


Como para todos hay en la viña del señor, buscando y rebuscando se pueden encontrar los que buscan el mar para divertirse, para viajar, para suicidarse… El caso es que no hay una única forma de percibir el mar.

Para mí ha sido algo que he querido ignorar por temporadas, a veces medio de vida para la familia –y no somos ni pescadores ni buzos…-, pero la constante ha sido que me inculcaron que es “algo” que merece respeto. A mí me parece más un “alguien” que un “algo”, pero bueno, a lo que me enseñaron. No se trata de que salga corriendo con la primera ola que me encuentre, o que me eche a morir el día que me pierda en mar abierto. Sencillamente me enseñaron que no es un lindo lugar para bailar con la calaca.

Desde pequeña me ha encantado el boogie. Comencé con una tablita de esas que se usan para enseñar a nadar, pero luego de notar mi estado calamitoso con mi tablita rosada multipropósito, mi abuelita para una navidad (o cumpleaños, no recuerdo) decidió comprarme un boogie de verdad. Me compró uno rojo con correa anaranjada. Tenía en la parte de arriba un diseño algo tribal de plumas amarillas, moradas y celestes. Como sea, mi boogie y yo no pasábamos desapercibidos por la playa. Y aunque la descripción sé que suena a capa de circo, todos los chiquilines de la playa lo envidiaban y los grandes alguna que otra vez me comentaron que qué buen diseño.

Al inicio, eso sí, parecía que había un boogie fugitivo por la playa, porque mi bienamado era prácticamente más grande que yo, pero luego comencé a agradecer el sobrante original de tabla, ya que me fue fiel y útil hasta hace muy poco tiempo, ya con mi estatura actual.

Aclaración: Soy de las nenas que va a la playa a disfrutar el mar, no a un desfile de modas o a tomar el sol que, de paso, brilla en todo el mundo, no solo en la playa. No voy a buscar novio o amigos, por lo que la paso bomba de una manera que pocos podrían imaginarse. Es casi el único tiempo en el que de verdad me libero del interés que me pueda provocar lo que piense la gente.

Volviendo a mi boogie. Compañeros de aventuras, de desdichas, siempre me esperaba en mi casa de Guanacaste. Claro, es una casa casi sin vecinos, por lo que fue midnight snack de todos los cacos del lugar. Se fueron robando todas las cosas, que ahora pacientemente llevamos y traemos de/a San José. Mi boogie, sin embargo, entrenado para resistir desde el sol hasta las olas y las piedras sobrevivió una tras otra las entradas de los mismos ladrones que nunca lo notaron detrás de la puerta de uno de los baños. O lo notaron y por enorme no lo pudieron sacar.

En diciembre, sin embargo, volvieron a entrar a la casa y esta vez abrieron todo un observatorio astronómico en el techo de la cocina, del que no se escaparon los colchones y las almohadas, sin contar platos, vasos, tenedores, trapos viejos del piso, mis crayolitas inservibles y una lista interminable de cosas cada una más tonta que la anterior. Dentro de las bromas para lidiar con la situación estuvo el haberme encontrado una mariposa de tubería tirada debajo de un almendro, y comenté que seguramente fueron tirando las cosas inútiles en el camino, pero que a ese paso, a los 100 metros ya debían ir con las manos vacías. Pero no he encontrado mi boogie en la acera.

Este fue mi primer viaje a la playa sin mi adorado boogie. El primer día que fuimos al mar me ocupé nadando de un lado para otro, peinándome, flotando, chocando la espalda contra las olas que revientan, que me había hecho experta en montar. En este único caso me ahorro la molestia de la modestia. Montaba las olas con una facilidad envidiable. Ninguna ola se me iba, ninguna me revolcaba, y algunos de los momentos más felices de la playa los pasé junto a mi –extrañamente- innominado boogie.

Hoy volvimos al mar. Desde el balcón del restaurante se podían ver las olas gigantes estallando muy lejos de la arena, los muñequitos mínimos de la gente perdiéndose debajo de la espuma y luego apareciendo lejos de donde habían estado al inicio.

Yo, que había cargado con la pérdida con un estoicismo del mejor, no pude más que extrañar mis tiempos mozos con mi tabla roja y quejarme por un buen tramo hasta el mar, donde en efecto comprobé que unas olas frecuentísimas y como de dos metros de altura tenían a todos los detractores del suicidio lejos del agua.

Era de esperarse. Unos 7 tenían boogie. Creo que en algún momento pensé en buscar el mío para dejar flotando bocabajo al que lo tuviera. Al final decidí ni siquiera determinar el color de ninguno, y mantuve mi duelo de viuda negándome rotundamente a alquilar alguno.

Entramos, y la fuerza con la que llegaba el agua a la playa prácticamente movía los pies. Costaba avanzar. Habíamos entrado poco, y una ola estaba reventando muy adentro en el mar. Hay maneras de salir intacto de esas olas. Una es estar muy adentro, casi adonde se forma y sencillamente saltarla de costado o de espalda. De costado porque es más seguro cortar así el agua, y de espalda porque es más rico. Otra es estar afuera afuera, adonde ya la ola es pura espuma, digamos donde ya llega apenas un poco más arriba de las rodillas, y la otra es consumirse en el agua por debajo de la ola, que generalmente se queda bastante quieta mientras pasa la mole por encima. Una variante de ésta, más segura, es consumirse en la ola y atravesarla cuando está a punto de reventar.

¿Qué la ola ya comenzó a reventar y yo estoy debajo, qué hago? ¿Qué hago si no puedo con ninguna de las anteriores? Agárrese la ropa (importante), respire hondo (más importante) y péinese el copete por la eventualidad de tener una cita intempestiva con San Pedro (de no tener fuertes creencias católicas se puede ignorar la última precaución).

Claro, con un boogie es más fácil, y las precauciones anteriores casi no cuentan, porque prácticamente cualquier momento es un buen momento para tomar el ride de la ola. Pero yo no tenía boogie. La primera ola me revolcó como no recordaba que me revolcara el mar desde mis cinco años una vez que vino una ola tan fuerte que mi abuelito no me pudo agarrar y rodamos los dos por la arena.

Tomé la ola de frente, en un intento tardío para atravesarla consumiéndome. Me dio la vuelta entera y me sentía dibujando eses debajo del agua. Salí despeinada y un poco avergonzada conmigo misma por la falta tan lógica por la que me habían revolcado.

Entré, venía la segunda ola, y la atravesé, pero noté que eran unas olas como pocas veces había encontrado, eran verdaderamente como paredes. Se sentía como atravesar el cemento todavía húmedo. Se llegaba al otro lado un poco aturdido, y en definitiva golpeado.
Tercera ola. Error de cálculo número 2. Revolcada sin remedio. Tenía el agua casi a la altura de los hombros cuando me llovió la ola en la cabeza, y me tiró de cara contra la arena con una violencia matadora. Por la fuerza del agua y el cambio de presión que creó la ola al caer vino el típico dolor de buzo, el sentir que se revientan los oídos, que se perforan los tímpanos, y medio perdida por eso fue cuando ya la ola comenzó a llevarme hacia afuera. Todavía lúcida, tomé la precaución importante de sostenerme las dos partes del vestido de baño, que para el punto en que las sostuve podían ir aproximadamente por el cuello y por los muslos. No perdí la calma, acostumbrada hasta cierto punto a ese tipo de chascos. O por lo menos no la perdí hasta que descubrí que la ola había reventado en agua tan profunda, me había sumergido tanto y me llevaba con tanta fuerza que yo no estaba siquiera cerca de la superficie y ya no tenía aire. Ya sin calma y nadando como desesperada, verdaderamente cuestión de vida o muerte, logré llegar a la superficie por un pelo, donde la ola me siguió arrastrando, igual que a muchos otros, pero por lo menos podía respirar.

Nunca había sentido la perfecta convicción de que iba a morirme. Ya sentía el corazón latiendo más fuerte no solo por el pánico, sino por la falta de oxígeno. Es que no exagero. Estaba segura de que me iba a morir, chapaleando casi tocando el fondo, sin aire, y sin esperanzas de llegar a la superficie. En uno de esos intercambios con el destino, pensé que no, que por favor no, no morirme hoy, ni ahogada, ni en el mar. Sobre todo no ahogada.

Salir a flote fue, ¿cómo describirlo sin ningún recurso trillado? Fue como dormir con muchísimo sueño, o llegar a orinar justamente en el momento en el que ya la vejiga está comenzando a cantar rancheras. Perdón por la poca poesía, pero se me acaban las palabras y no llego ni cerca a lo que sentí en ese momento.

Pude apenas equilibrarme un poco y ver hacia adelante y atrás para darme cuenta de que la mitad de mis co-bañistas todavía no habían logrado reponerse de la ola, y que no encontraba a mi abuelito por ningún lugar. Me desesperé como no me desesperé ni cuando sentí que me iba a morir. No podía creer que me hubiera ido adelante con ese tipo de olas, y que lo hubiera dejado atrás. Podía haberle pasado cualquier cosa, sobre todo porque no era la primera ola, y era la más fuerte que alguna vez hubiera visto (o sentido).

Era como uno de esos sueños recurrentes que tengo en los que estamos en los que se va formando una ola de unos 100 metros de altura, y que estamos en la sombra que proyecta, y que corremos pero casi no nos movemos. No lo encontraba, yo ya estaba bien apoyada en los dos pies en agua bastante tranquila, y seguía sin verlo.

Poco después lo vi apoyado en una rodilla saliendo de la espuma del final, ya en la playa. Comencé a correr como en el sueño, porque la ola que ya se retraía me llevaba hacia atrás. Corrí y corrí hasta estar segura de que estaba bien. Nos mantuvimos en la arena con el agua apenas por los tobillos y con los brazos cruzados, sin saber si entrar otra vez o no, y con un cierto sentido de derrota flotando entre los dos.

Decidimos entrar otra vez, pero poner en práctica todas las precauciones posibles. Sabíamos que la verdad el riesgo sí era grande. Las olas jugaban con la gente como con muñecas de trapo, y sin poder hacer nada todo el mundo terminaba haciendo acrobacias subacuáticas en las que en cualquier momento se podía encontrar una piedra en la nuca que decía que se acababa el paseo. Whatsoever.
Fue como una lucha a muerte, o mejor dicho, a vida. Duramos poco, la verdad, y no tenía caso. Eran olas sin el menor interés por la lógica o por las leyes de la física, que arrasaban todo lo que tenían por delante, y contra las que no valía ni las tablas, que clavaban la punta en la arena y catapultaban a los tripulantes hacia adelante.

En efecto no tuvo caso. Todavía me dolían los oídos. Poco después de haber salido, y una vez que había encontrado a mi abuelito y pasado el rush de adrenalina, tuve tiempo para notar que sentía un dolor en los oídos que llegaba hasta la garganta y que casi no me dejaba hablar, y que el dolor era tanto que estuve a punto de llorar. Me tapaba los oídos, intentaba bostezar, pero nada quitó el dolor por la compresión y descompresión. Cada vez que atravesaba las olas, los oídos se me volvían a tapar y destapar, hasta que ya era masoquista rayando en suicida estar en un mar tan picado.

El mar, con todos sus bemoles, es un lugar de socialización casi inevitable. Como no hay límites definidos entre el espacio de uno y otro, y casi siempre la gente se va moviendo en diagonal por las olas, muchas veces sin darse cuenta, se ha llegado a parar entre un grupo de gente completamente inesperado, con el que casi siempre se comparte aunque sea una sonrisa de “perdón”. Vale mencionar que rara vez soy yo quien tiene esos encuentros, porque no soy persona grata a la primera impresión, porque los chiquitos no se me acercan y porque siempre había estado muy ocupada con mi boogie.

Esta vez, ya cuando mi abuelito y yo estábamos en la agonía de que no paraban las olas, un chiquito se nos puso atrás. “¡Ay, qué ola más grande!” “*Glu glu* ¡No toco el suelo!” “¡Hay que consumirse si uno no quiere que se lo lleve!” Y bueno, era un dientón simpático, un chiquillo gordillo de los pocos que a mí me simpatizan. Nos estuvo hablando sin poder cerrar la boca por los dientes, consumiéndose y siguiéndonos mientras intentábamos salir. Nada más lo intentábamos, porque cada tramo que se avanzaba se perdía cuando el mar tragaba, y porque había que devolverse otro tanto más para poder sortear la ola estando lo suficientemente adentro. Así estuvimos un buen rato. Luego el nenín nos dijo: “¿Están intentando salir?” No le habíamos puesto demasiada atención. “Sí”, le contesté yo, y seguí en mi trabajo de andar y luego desandar lo andado. Se quedó flotando en un solo lugar. “No pueden salir”.

Tuve que volverme, y me explicó con mucha paciencia lo que yo ya había notado, que posiblemente en vez de avanzar cada vez retrocedíamos un poco más. Me lo explicaba entre ola y ola, levantándonos dos metros cada vez que las evadíamos. Yo ya lo sabía, pero no se lo iba a conceder a semejante chamaquillo. Nos revolcaron las olas otras tantas veces en el intento de nada más ignorar que venían y usarlas para nadar hacia afuera. Al final nadie intentaba salir por el miedo a ahogarse antes de llegar a la playa.

El mar no es nada más “algo”. No solo está vivo. Mata. Y tiene caprichos y malos momentos, rabietas, y tiene soledad. Más que nada tiene soledad. Y hoy debió ser uno de esos días en los que se sintió ignorado y nos encerró ahí para tener con qué jugar. Juegos rudos, los que juega.

Veía en la arena a mi familia sentada en la sombra, conversando, sin idea de la cantidad de sal que había tragado, tanta que me dejó afónica. Sentadas sin saber que no podíamos salir.

El nenín nos siguió hablando y nosotros seguimos luchando, nadando, todo en vano. Después decidimos que solo había una forma de llegar a la arena, y era arrastrado por las olas. Revolcado. Así de simple. Vinieron varias olas que atravesamos mientras decidíamos qué hacer. El chamaquito se había alejado un poco. Un par de metros arriba, en la cresta de una ola, nos gritó: “¿Todavía quieren salir? Si quieren salir ésta es.” Traté de tomarla nadando, pero otra vez prácticamente me desnudó y terminé de vestirme en la espuma del final, despeinada como nunca y con la cara llena de arena, pero desembarazada de convenciones sociales y feliz como nunca de estar viva y afuera.

Afuera nadie había notado nada. Ni los del fútbol playa, ni los del volleyball, ni las chicks que van a la playa como para ir a un desfile de moda. Salimos casi todos del mar como entran las tortugas al nacer, con esa complicidad de hermanos recién nacidos, a punto de separarnos y sin conocernos, pero sabiendo que por lo menos esta vez, sobrevivimos.

Forma curiosa de cerrar el duelo por mi boogie. Voy a comprar uno nuevo para semana santa.

Al mar, chamaco gordillo, dientón y caprichoso, a veces es conveniente ponerle atención. No se vaya a ver uno atrapado en una de sus crisis de soledad.

P.S: Esta entrada la escribí ayer en la tarde, no hoy. De paso, I'm home.

Muy Tarde

Como lo preví desde un principio, el bendito StatCounter lo que me trajo fue cosas que no quería saber y se llevó otras tantas que no quería perder.

Y sí lo preví. Y así lo dije. No lo pensaba poner, por todas esas cosas que era feliz no sabiendo. Es por eso que a partir de ahora lo voy a retirar oficialmente. No más controlar el tránsito de mi blog. Esta vez ni siquiera tenés que revisar mi código fuente para revisar si existe o no.

Al final cedí a la tentación por lo curioso de la herramienta, pero nah. No más. Adieu.

Hartazgo

Antes de la entrada menciono que esto lo escribí en un profundo estado de rabia, por lo lo que ni siquiera me voy a detener a leer lo que dice o hacerme responsabe de lo que diga. Luego les contaré por qué estuve cerca de que la entrada pasada fuera la última que escribiera.

Iluminación. La gente. Los bichos más curiosos que me he topado, después del Pez Babel, claro está…

La gente tiende a esperar cosas de la otra gente. Espera que las otras personas sean corteses, que no sean altaneras, esperan lo de aquí, lo de allá, y lo de más para allá, pero rara vez se cuenta como gente que también debería dar, gente de la que se espera lo mismo.

Error. Nadie debería esperar nada de nada, porque al final, nadie le debe nada a nadie y todo el mundo puede traicionar a todo el mundo. Me estoy haciendo un nudo, ya sé, pero en algún momento saldré. Mi punto es que cada quien vive por sí mismo, y si decide encadenarse en deuda a alguien más, pues es su propia decisión, es nada más por “pura vida” que es. Mucho altruismo. Porque en realidad: nada. Es una ilusión. Si bien no podemos vivir los unos sin los otros y por lo tanto es preferible mantener relaciones cordiales con los semejantes, todo esto de corresponder es un mito que nos divierte. Al gorro todo.

Me volví a perder. Nada más un comentario que viene al asunto. Si alguien piensa hacer algo por alguien, que dé por perdida la intención. O sea, cualquier cosa que se quiera hacer, debería estar consciente de que básicamente la hace por nobleza, o sea, que en ningún caso debería esperar que lo correspondan… Porque, una vez más, en buena teoría nadie le debe nada a nadie. Si les corresponden, me mandan la invitación a la fiesta, pero si no los correspondieran, nadie se corta las venas. Enhorabuena.

La gente está perfectamente convencida de que tiene que ser comprendida y adorada por el resto de la gente como si de verdad fuera tan maravillosa y deliciosa como se ve en el espejo. Yo, lamentablemente, soy uno de esos animalejos súper pasivos que siempre termina poniendo abajo y siendo quien comprende y no quien es comprendido. Siempre, en aras de la diplomacia, soy yo quien se disculpa, creo que me lo justifico internamente como una demostración no de debilidad sino de superioridad mental, ya que soy la que pudo discernir entre las ventajas de un pleito sin sentido y la paz. Claro, si no lo racionalizara así, me vería a mí misma como la más arrastrada de las arrastradas y la más maricona de las mariconas. Pero no. Estoy convencida de que más bien soy lo suficientemente grandecita como para ver que no tiene sentido. Porque, aclaro, no me salgo de los pleitos en los que de verdad debería estar.

Y ahora que hablo de las cosas que no tienen sentido. La gente sabe cómo puede ser con cada persona. Por ejemplo, ya he dicho varias veces que nos encanta hacernos la víctima. No sé, sería tan solo comparable con levantarse a comer helados Häagen Dasz a las 3 de la mañana frente al mar con buena compañía… En fin, este asunto de jugar al pobrecito es simplemente orgásmico. Posiblemente la forma más esparcida de buscar placer. Desde el niñito hasta el ancianito. Pero sabemos con quién hacerlo y con quién no. Somos bichitos mañosos, y sabemos que ese es un comportamiento que generalmente molesta a los demás miembros de la manada… Pero cuando la hacemos, ¡la hacemos!

Mea culpa también, no voy a negar que he caído en la sucia y vil tentación. Justamente hoy estaba recordando una de las veces más memorables en las que jugué de víctima. Y esto me lleva a otra cosa. Dejamos que otras personas jueguen de víctimas con nosotros para ir cosechando posibles personas para desahogar nuestra necesidad de lágrimas y cariñito. Así que por un rato oímos y ponemos cara de que nos interesa, porque así no nos sentimos patéticos e indignos cuando hacemos lo mismo. Es una cadena de favores loquísima.

Y es que a la gente no le gusta la gente auténtica, porque eso casi siempre redunda en problemático. ¿Alguien que diga lo que piensa, que lo defienda, que sea capaz de discutir, que no vaya a rendirse así como así, que tenga su propia ideología? Oh-oh… Huelo un cochino anarquista feo verrugoso y revolucionario que va a venir a robarse la paz y a comerse a nuestros hijos por los siglos de los siglos. Amén.

Por eso la gente se conforma con encontrar a alguien que simule ser lo que buscan, porque nunca van a encontrar en la vida real la mansa ovejita masajeadora que buscan. Por eso están tan de moda la diplomacia y las relaciones internacionales. Es ponerse la máscara de agradable, o sea, de medias tintas y andar por el mundo con su teatro ambulante de buenas costumbres.

Siempre que vengo a la playa termino con el mismo problema. Mucha gente conviviendo en un espacio muy pequeño. Hartazgo crónico –en etapa aguda- de la sociedad. Y de la gente. Y de los diplomáticos. Y de las quemadas de sol, pero esa es una historia aparte.

Ya Dicho Todo

¿Qué decir de mí? Soy básicamente un hombre normal. No me gusta la cebolla, ni me gusta la palabra poetisa. Nunca me ha gustado. Me suena a pitonisa, y nunca me han gustado tampoco las togas. Me encantaría un día en el que nada más pudiera despertarme cuando ya no tuviera sueño, cuando ya pudiera decir que ya he descansado, en vez de que me despierten en la madrugada cuando todavía está oscuro, pero la libertad tiene su precio, e irónicamente a veces ese precio es una esclavitud sin remedio. Me exaspera la gente a la que le indico la mano izquierda y se revisa la derecha. Podría vivir aislado en el campo. No necesito demasiado para sobrevivir. Una cama, un techo y un gato. Soy del tipo de persona a la que le duran las alegrías por días, igual que las tristezas. Puedo ser plenamente feliz nada más sentado al borde de una carretera por la que casi no pasen carros a morder un cubo de hielo a mediodía… O que pasen, no importa. Mientras la gente se derrite, yo no entiendo por qué tienen que pasar las nubes a quitarme el sol. Tengo una cicatriz en la rodilla, dos en la barbilla, un corte en el codo, un lunar en el ojo y estoy destrozado por dentro de una forma que ni siquiera voy a comentar. De salud todo muy bien, nada importante. Sólo jaquecas por el sol de vez en cuando. No, digo destrozado porque hay demasiadas cosas que quisiera olvidar, y otras tantas que daría la vida por recordar pero que nunca pasaron. Por ejemplo, nunca vi ninguna estrella fugaz –cosa que me gustaría recordar- y tengo la certeza de que me voy a morir antes de ver una –eso lo quisiera olvidar-. Justamente hoy en la mañana estuve pensando que nunca he tenido de verdad una mascota, y siempre quise que mi perro se llamara Jota. Ya sabía cómo se iba a ver Jota. Lo veía correr, le veía el color, el pelo, el tamaño, y la veía a ella jugando con él en la casa que íbamos a tener, pero las cosas son así, ¿no? Nunca se dio. No sé adónde está ella exactamente. Sólo sé que está lo suficientemente lejos como para que yo ya no pensara en ella. Me parece que ese fue el plan desde el inicio, abandonarme pero nunca irse. Tengo pocos recuerdos de alguno de mis días que me traiga un sentimiento particularmente tibio. Nada más recuerdo un árbol de llama del bosque que estaba a la par de mi casa cuando era pequeño. Era imposible no verlo, pero las personas rara vez lo veían de verdad. Nunca logré notar la transición de las hojas a las flores. Siempre quise ir notando cómo se le quedaban las ramas llenas de botones mientras inundaba mi patio de hojas, pero cuando me daba la cuenta el piso crujía y a pesar de haberlo “visto” todos los días, nunca había notado que cambiaba. Y eso comprueba mi teoría, las personas somos como avestruces, y pasamos con la cabeza metida en la tierra sin ver lo que de verdad importa por miedo a morirnos, y nunca nos paramos a pensar si no valía la pena morir así, o si de verdad valía la pena vivir por sobrevivir. La verdad es que nunca he sido un buen ejemplo de nada. Ni siquiera lo soy ahora, que ya no tengo patio ni tengo árbol ni tengo nadie que me oiga para poder decirle todas las verdades que a estas horas sé, y que sé que casi nadie sabe. Es por eso que cuando estoy en el parque me dedico a ver a la gente pasar, y dependiendo de cómo se muevan y de cómo me vean, deduzco muy acertadamente qué tipo de persona son. Sé si son pobres, si no son lo que pretenden, a veces hasta noto en cómo caminan si vienen de un motel o de una iglesia. Si no me ignoran, procuro acercarme y hablarles, a veces creen que soy un loco y nada más agarran más fuerte la cartera y me siguen la corriente mientras piden un taxi. Prefiero pensar que lo que he sembrado en algunos es por lo menos la duda de la realidad que se oye detrás de lo que digo. Porque sé que ya no soy un jovencito, que no me veo fuerte, y que no tengo autoridad para decir nada. A veces me rodean las palomas y comen de mis manos, y a veces de verdad me siento mínimo estando junto a ellas. Para comenzar, ellas vuelan, y yo no. Yo nada más cierro los ojos para que el sol me ponga rojos los párpados, abro los brazos y por un rato me quedo ahí, nada más oyéndolas arrullar, hasta que pasa algún mocoso y las espanta. Me quedo pensando que no sabe lo que está haciendo, y para calmarme me imagino una paloma enorme que persigue una bandada de chiquillos, y que con el pico los arrastran de los brazos y de las piernas, y que de vez en cuando es clavan las uñas de las patas en la espalda hasta que quedan llorando. De verdad quedo satisfecho, a veces hasta me dan ganas de un café. ¿Sabe? Una vez sembré un árbol. Siempre me imaginé sentado debajo de la sombra de mi árbol. Y no iba a ser un árbol cualquiera. Iba a tener la corteza gruesa, con un tronco ancho. Eso sí, cerca del suelo iba a tener una bifurcación con una rama baja por la que yo le iba a ayudar a ella a subir. Cómo nos íbamos a reír cuando yo estuviera de pie en una rama alta y a ella le diera miedo que me tirara. La iba a molestar y luego, mientras estábamos sentados en una rama del medio, nos íbamos a besar como si de verdad me fuera a caer y ese fuera el último beso que me iba a dar. No se siente bien, no ser suficiente, no ser lo mejor, que siempre se pueda aspirar a algo más cuando se está con uno, ser verdaderamente pequeño e insignificante, ni siquiera merecedor de esa ínfima alegría que es que lo oigan a uno y no sentirse solo, no ser lo suficientemente importante como para que hubiera admitido viéndome a los ojos que no era suficiente. Irse dejándome como se va a perder un perro. Nos íbamos a encontrar justamente ahí, con las palomas. Nunca llegó. Y a partir de ese momento me sentí pequeño, más pequeño que un árbol, que un perro y que un gato. Comparable solamente con las palomas, salvo porque yo no vuelo y ellas sí. Básicamente ese soy yo, porque creo que importa poco lo que fui antes de esto. Ya dicho todo, ¿tengo el trabajo?

Cuchurrumines

Mis adorados cuchurrumines y cuchurruminas, les aviso que me voy a la playa por 8 días, ya que, como es de conocimiento popular, en el mar la vida es más sabrosa... Procuraré publicar algo en el ínterin, pero no garantizo nada.

Se despide,

La muy soon to be nigga.

Lejos

Decisión tomada. Cada persona tiene su propia carga de masoquismo. No sé por qué, pero me parece una maravilla poder llorar en silencio. Ojalá un momento en que todo pasara menos el momento.

Mirá, si vos no me entendés, ¿cómo esperás que me entienda yo misma? ¿Creés que es simple, el vecindario de mi cabeza? Ahí no entran ni las ambulancias, aunque eso es bueno... Tantas sirenas, no más sirenas. Mi nivel de ruido es considerado silencio, y cualquier aleteo ensordece.

Masoquismo, masoquismo, hmmm... Mazorca, mosquito, mosquetero, masomenos... ¿Qué es masoquismo? Abrazarlo a él -quienquiera que sea- y estar pensando en vos encima de otro hombro. Eso es masoquismo, del único y el original. Pero qué maravilla poder llorar en silencio.