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Una ficha de Cyber City,dos pelusas, tres monedas



Jeanette -mi nueva empleada- ha resultado ser una maravilla posiblemente mayor a la Robotina de los Supersónicos. Ha encontrado todas mis medias perdidas, todo en mi casa brilla, se podría comer en el piso y, de no ser por su feliz presencia, en este momento andaría con un solo zapato.

Hemos estado ignorando que habla sola, pero por todo lo demás es una máster en aspiradoras, debe tener un doctorado en ropa blanca, y además de eso es un amorcito de persona.

Otra de las maravillas de Jeanette es la honestidad. Maruja sacaba de mi alcancía los pases de todos los días, así que yo llegaba y echaba los vueltos del día pero mi alcancía nunca engordaba, porque salía más volumen del que entraba.

Como sea, hoy estuve sacando la plata de mi alcancía porque algo me dice que lo necesitaré pronto, y soy la feliz dueña de 32250 colones, una ficha de cyber city, 50 centavos de euro, un córdoba, un centavo de Barbados y dos pelusas. Mi reacción no fue favorable, ya que esperaba mucho más después de no sacar mi alcancía en unos 6 años. Eso me deja la horrible convicción de que esos 32250 pesos son solamente lo que he podido ahorrar de inicios de julio a acá.

Mientras sacaba moneditas, las organizaba y las ponía en puñitos de 10 me ponía a pensar en las personas que no tienen que pasar por el trance de abrir una alcancía a ver qué.

*Pongo cara de meditación agarrándome la barbilla, ladeo la cara, de mi cabeza sale una nube y adentro está lo siguiente:*

Primero aparezco yo en mi mansión con fuentes y jardines, todo muy lindo. Luego aparezco grabando mi película y firmando autógrafos, sin mencionar la entrega de premios. Luego aparece la molestia de los paparazzi, el no tener vida privada, no poder salir en pijamas ni guiñarle un ojo a equis tipo... Luego ya no tengo amigos, y nadie me quiere por lo que soy, y luego, justo antes de suicidarme...

*Cambio de nube, mejor.*


Soy la misma pero siempre he sido la primera en todo, soy una estudiante estrella. Mis notas siempre son de 10 y las universidades, de pelearme, están a punto de arrancarme los brazos y las piernas. Lo malo es que en el proceso no tuve amigos, ni infancia, y mi familia me presionó para llegar hasta ahí. Me hago un genio cotizado con una fortuna amasada a punta de esfuerzo, pero todos sabemos que sólo los tontos son felices, así que sí, sé todo esto, pero sigo sola, y luego, justo antes de suicidarme...

*Ojalá esta nube sea buena*

Y me veo a mí misma en unos cuantos años, llevando una existencia de persona promedio. Nadie me conoce en la calle, y eso no me molesta. Me gusta. Tengo una casa acomodada, un carro que no me da tétano y que además me lleva de un lugar a otro. Soy una persona más que vivió sin pena ni gloria, diría alguien un poco extraño, alguien que no sabe reconocer ni la pena ni la gloria que es saber vivir cualquiera de las vidas que correspondan, aunque toque el papel de masa, los que sólo caminamos casi tocando bastidores sólo para darle realidad a la escena de los que, antes del fin de la obra van a terminar muertos.

Y asumo que aquí es donde me voy a casar con Nacho y me doy cuenta de que otra vez estoy teniendo pesadillas y me despierto. :P Jaja.

En resumen, ya puedo ir a comprarme un confite caro con mis treinta mil, y me encanta poder pasar por el trance de abrir una alcancía a ver qué.

Shakespearita

Podré haber tenido 6 años cuando tuve mi primera revelación de escritora. Mi primer poema, innominado, trataba sobre la necesidad del hombre de poseer cuanto le rodea, no estando conforme con percibir.

Como sea, el mentado poema hacía gala de rima consonante que llamaré “A” para los versos impares y “B” para los versos pares. La rima se mantenía perfecta a lo largo de todo el poema, lo cual tenía mucho sentido, ya que estaba compuesta pura y netamente de infinitivos, y tal vez haya olvidado mencionar que, para efectos de rima en mi poema, A=B. Q.E.D.

No contenta con mi primera creación literaria, decidí pulir mis claras virtudes para convertirme en mujer de letras. Una vez que había comprendido los errores cometidos en mi primera obra, y habiendo llegado a la etapa en la que me parecían risibles (posiblemente alrededor de tercer grado), me di a la tarea de componer un poema en todas las de la ley, y esta vez le iba a poner un título.

Después de sentarme largos 20 minutos a escribirlo en un día de gripe, di con la que sabía que iba a ser la pieza maestra de mi obra poética. Se llamaba “Fête des insectes”, o “Fiesta de Insectos”, para el vulgo. La obra maestrísima trataba el tema de la sociedad que reprime al individuo, su individualidad, su derecho al “yo” mediante una estructura esclavizadora de la cual le es prácticamente imposible escapar, ya que las posibles fugas de dicho sistema casi siempre son reprendidas por el destino al que tampoco le agrada el pensamiento individual y cuestionador. Y expresaba esta brillante idea con una dulce y atrayente metáfora del mundo animal, con una de las especies más organizadas. En resumen, el poema trataba de una hormiga que se escapaba a una fiesta, y en pleno jolgorio llega un sapo que se come a todos los bichitos y ella se salva por un pelo. (Aprendiendo, además, una valiosa lección impartida por la sociedad/universo que trabajan juntas para mantener el orden lógico de la naturaleza, ya que una hormiga individualista desbarataría al hormiguero y llevaría a la extinción y, en fin, podrán imaginarse todo lo que puedo sacar del poema de una hormiga.) Éste, como mencioné, fue la crème de la crème de mi haber poético, ya que esas dos magníficas piezas son casualmente las únicas que escribí bajo ese formato.

A pesas de mis claras habilidades, le dejé el oficio de la poesía a los menos aventajados para que no tuvieran que escribir a la sombra de mi avasalladora capacidad como segunda Midas de la poesía.

Decidí incursionar en otras ramas. Alrededor de mis 13 tiernos años, decidí que Carla tenía que escribir una novela. Comencé a escoger un tema que no fuera demasiado trillado, así que mi novela planteaba el tiempo del hombre como cíclico. No era, eso sí, un eterno retorno. Era más bien un ciclo donde, inconscientemente, los mismos crímenes eran cometidos por diferentes personas, y la historia de la humanidad seguía sin que nadie se percatara de que la historia se repetía hasta el infinito, o mejor dicho, que se repetiría hasta que se diera el suceso que haría de mi novela una adquisición necesaria para cualquiera que se llame a sí mismo amante de la buena literatura. Claro, topé con la cerca de que hasta el día de hoy no se me ha ocurrido un buen suceso para evitar que la historia del hombre se reproduzca y se repita hasta el infinito.

Muy poco después de haber comenzado (y abandonado) mi profesión de novelista, decidí incursionar –sin mucho éxito, he de admitirlo- en el dorado campo de la epístola. Mis cartas, profundo razonamiento de las dudas humanas, sumadas a una fuerte observación de mi entorno, llevadas a cabo con un cuestionable estilo, trataban con distintas palabras casi siempre el mismo tema. Sin saberlo yo, todas tendían a ser una gran caótica fiesta de hormigas.

Mis cartas, cada una un poco más “curiosa” que la anterior, podrían ser llamadas por mis biógrafos como mi etapa “abstracta”, conocida más familiarmente como la etapa de “Carla se enamoró y hasta ahí llegó.”

Afortunadamente, he llegado a la etapa en la que ya puedo mirar hacia atrás y reírme de mi cosecha literaria, de esas mazorcas peleches y despeinadas además de secas y sosas de mis escritos.

Fue después de mi etapa epistolar que prometí solemnemente colgar la pluma hasta que encontrara algo verdaderamente digno de ser escrito y a eso se sumara que tuviera las herramientas para escribirlo.

Pasaron muchos buenos y apacibles años en los que mis peligrosas cualidades de escribiente estuvieron durmiendo dos metros bajo tierra, hasta que un aciago mayo, llevada por las circunstancias, la tierra volvió a verse asolada por el látigo de mi gramática cuando, alrededor de las cuatro de la tarde, Carla Alvarado Chinchilla se convirtió en carlauxiliadora.blogspot.com.

Y colorín colorado, la azarosa historia de Carla como escribidora ha apenas comenzado.

Guanacaste

Cuando la construimos era la casa más bonita en varios kilómetros. Era blanca entre los árboles y estaba sentada en la loma viendo hacia la calle. Oíamos música y mi abuelita hacía helados de natilla. Cuando estábamos aquí para algún cumpleaños, horneábamos queque. La sala era pequeña -¿para qué más?- pero acomodada. Las sillas del comedor eran gorditas y coquetas, con una mesa que hacía juego. Teníamos aquí los zapatos, mi tabla, el shampoo, era una casa lista para recibir a quien llegara sin que tuviera más que buscar una cama. Siempre teníamos cortinas limpias y bonitas, y en la tapia todavía está el tubo en el que iba el aro de basketball. Al inicio había que venir regularmente para regar los árboles que, en su mayoría, eran apenas ramitas. De noche corrían los conejos y llegaban grupos de perros a cenar con nosotros. Todas las mañanas nos despertaba una urraca que comía las hormigas que andaban en el parabrisas del carro. Del otro lado de la calle cantaban los gallos y aullaban los congos. Todos los días, excepto los domingos, pasaba un vecino en bicicleta vendiendo La Extra. En las tardes, pasaba la esposa vendiendo cuajada, o empanadas, o chorreadas. Unas manadas inmensas de bueyes pasaban por el frente, y se comían de vez en cuando las palmeras de la entrada. Yo jugaba a caballito en el árbol de ciruelo de la esquina, y llegaba con la trompa brillante de tanto comerme las frutas. Las flores del pochote, que son blancas en el árbol, dejaban una alfombra roja en el suelo cuando se secaban. Caían las orejas del Guanacaste y yo dejaba “monumentos” esperando encontrarlos la próxima vez que viniera, o abría las orejas para jugar con las semillas. Para ahorrarles camino a las hormigas, les servía un buffet de hojas , tallos y flores de almendros que estaba considerablemente más cerca del hormiguero que la travesía de las madrugadoras que no habían esperado mi beneficencia. Don Simón se sentaba horas en la sala a platicar –como él decía- con todos ellos mientras yo sacaba todos mis platitos y le ofrecía una sopa de hojas en agua. No podía irse sin mi sopa de hojas, y fue uno de los primeros adultos desconocidos que me prestó atención de verdad. Llegaba a la casa con la yegua y me montaba. Me paseaba por la calle y yo me quedaba tiesa como marraqueta. Me decía que si quería, él me podía llevar a Liberia. Yo comenzaba a llorar hasta que me bajaban del octavo piso que me parecía esa yegua. Cuando no había agua –Sardinal siempre ha tenido los mismos problemas-, don Simón venía con un carretillo lleno de agua para nosotros. Mirto, el perro, siempre lo acompañaba. Cada vez que veía el carro, Mirto cruzaba la calle corriendo, medio rengo ya, y pasaba todas las noches con nosotros. Mirto tenía una cicatriz en la nariz por andar siguiendo siempre a don Simón; una vez le había caído el machete desde un árbol. Luego murió don Simón, amputado de una pierna. Mirto volvía y dormía con nosotros, hasta que lo mató un carro. Cortaron mi árbol, la casa comenzó a ensuciarse. Sin don Simón, comenzaron a meterse los ladrones, y perdimos la ilusión. Luego dejamos de reponer las pérdidas más que con cosas casi desechables. Se quebraron los carriles, y ahora la casa no se ve sentada en la loma, se ve perdida entre los árboles que ahora son demasiado grandes para una casita pequeña. Las hormigas, mis comadres, construyeron un túnel desde el hormiguero hasta uno de los baños, y siempre está lleno de tierra cuando llegamos, o han invadido un colchón. Esta vez, cuando llegamos, había una enredadera colgando del techo y demasiadas telarañas pegadas en la fachada. Llevo años sin probar los ciruelos, o ver las orejas de Guanacaste, o de ver las flores del Pochote. Me entristece saber que cada vez que venimos es una menos en la cuenta regresiva para que se alquile esta casa como cualquiera de las que están alquiladas en San José, y que llegue un inquilino cochino a recibirla amueblada, y que duerma en mi cama, y que mi pobre casa se sienta enferma como ya se va sintiendo, sin los conejos y sin las iguanas, y sin nadie que le quite las telarañas o la tierra roja. Y luego, todavía peor ya sin el inquilino, cuando las hormigas anden al fin liberadas por todo el territorio que les quitamos, y que se esparzan los hongos de la humedad, y que las cortinas se percudan y todo sea un caos de lagartijas y escorpiones.

*Plop*

Los seres humanos tenemos que ser vistos por mucho como los animales más ñoños. Esto de ser peludos como gallinas chiricanas y de caminar en dos patas no coopera con nuestro estilo y nuestro sentido del glamour. Otro punto en contra son las rodillas que se flexionan hacia adelante, y que por eso a cada rato nos andamos tropezando. No me malinterpreten, las rodillas hacia adelante son lindas, y se les ven bonitas a los elefantes, pero para nosotros son un problema.

Si anduviéramos de cuatro patas, todo sería tanto más fácil... Sería tan fácil que en este momento no estaría sintiendo que los deditos del pie se me van a caer por haber patinado como por medio metro para luego apoyar una mano, luego apoyar el otro codo, y finalmente caer sentada con el pie metido en medio de todo el enredo.

Seamos realistas. Los humanos pasamos en el suelo, y nos gusta pasar en el suelo, así que cada vez inventamos más mecanismos que propicien las caídas. Por eso se inventaron los tacones, los patines, las patinetas, la idea de andar en medias por la terraza que mi abuelita encera compulsivamente...

Yo, compatriotas del reino de los caídos, tengo un largo historial de caídas jocosas en las que dejo claro que los humanos somos los más animales de todos. Bien animales.

Todo comienza con la cicatriz de mi rodilla, cuando corriendo a la fotocopiadora al final de un recreo en sexto, planeaba saltar como gacela el caño del pasillo que iba hacia secundaria. Justamente en pleno vuelo, ascendida de gacela a gaviota, mi pie se topó con el filo del caño y me arrastré como culebra por todo el asfalto. La gente pasaba a la par y nadie (de lo que se llama nadie) me ayudó. Sola como un pizote.

Los dos tobillos esguinzados, cada uno de una manera más animal que la otra, además.

Tengo que contar la historia de mi penúltima caída. La historia de mis tropiezos no estaría completa sin esa. Fue en mi temporada de artista. Yo andaba por toda mi casa con mi agenda, mis pilots, mis tizas, mis delineadores, mis lápices, mis crayolas, calcomanías, papeles, pinturas (algo así como un mono con juguetes). Resulta que el llevarlos de una casa a otra requería más que un poco de procedimientos previos para formarlos en una pirámide y definitivamente más de un poco de habilidad para mantenerlos y transportarlos todos juntos. Pero tranquilos, soy tan hábil como una zorra. No, eso no sonó bien. soy tan hábil como una comadreja. Iba yo como guepardo por mi patio, a una velocidad récord tomando en cuenta la carga cuando llegué a la cuesta de zacate y *plop*... Sentada como una gallina. Mis pilots, mis tizas, mis delineadores, mis lápices, mis crayolas, calcomanías, papeles,y pinturas salieron volando por todo el patio. Esta vez pasó mi abuelito a la par, y como creyó que estaba jugando en el zacate, pasó recto. A mí se me salían las lágrimas de cocodrilo, y palabra que me fui a mi casa sin recoger nada en una demostración de renquera nada canina.

Y luego que alguien me diga que no somos animales.

Tic Toc Tic Toc

falta un minuto para la hora y seguro no sabés lo que eso significa porque nunca has estado conmigo cuando van a ser las cualquiera nada más no has estado así conmigo nunca y eso quiere decir que otra vez es tarde y que mañana si me levanto va a ser en caja que además voy a acomodarme con la mano entre las piernas a quedarme sola en la cama para despertarme al día siguiente con el hombro contracturado como de levantar cemento y que no voy a poder ni siquiera comer y quiere decir que estar aquí divagando es igual de malo que siempre o peor porque ahora pensarte es pensarte todavía un poco más lejos aunque se supone que yo estaba evitando esos pensamientos porque si no voy y te sueño toda la noche y ni él ni yo queremos eso porque lo bonito sería despertar y que no fuera tan difícil decidir entre lo que es bueno y no la verdad hace frío y bastante me voy a cobijar porque es lo que siempre he dicho que el frío no está en las cobijas pero que qué puede haber más frío que unas cobijas con sólo un par de piernas qué vulgar me ha sonado siempre eso de dormir entrepiernado eso ni siquiera es un término y debería estudiar para teoría porque si no las cosas se van a poner de pelos y no en el buen sentido qué noche tan clara qué bien haber hecho caso y salir al patio ay qué mal todo esto de saber que sabe lo que nunca te dije pero qué se le va a hacer así de pequeño es el mundo tan pequeño como una cama o como un reloj o como una almohada o como la mano que se me duerme mejor cambio de posición porque qué emoción cuando faltaba ya nada más un minuto para la hora lo malo es que ya debe haber pasado otra y media y yo aquí todavía pensando en cosas en las que no debería pensar porque divago y otra vez es tarde y si me sacaran en caja no tendría quién me llore

Que Te Quiero Verde


En la casa del muerto
yo creo que ya sé
quién podaba la hiedra.

Ya Dicho Todo

¿Qué decir de mí? Soy básicamente un hombre normal. No me gusta la cebolla, ni me gusta la palabra poetisa. Nunca me ha gustado. Me suena a pitonisa, y nunca me han gustado tampoco las togas. Me encantaría un día en el que nada más pudiera despertarme cuando ya no tuviera sueño, cuando ya pudiera decir que ya he descansado, en vez de que me despierten en la madrugada cuando todavía está oscuro, pero la libertad tiene su precio, e irónicamente a veces ese precio es una esclavitud sin remedio. Me exaspera la gente a la que le indico la mano izquierda y se revisa la derecha. Podría vivir aislado en el campo. No necesito demasiado para sobrevivir. Una cama, un techo y un gato. Soy del tipo de persona a la que le duran las alegrías por días, igual que las tristezas. Puedo ser plenamente feliz nada más sentado al borde de una carretera por la que casi no pasen carros a morder un cubo de hielo a mediodía… O que pasen, no importa. Mientras la gente se derrite, yo no entiendo por qué tienen que pasar las nubes a quitarme el sol. Tengo una cicatriz en la rodilla, dos en la barbilla, un corte en el codo, un lunar en el ojo y estoy destrozado por dentro de una forma que ni siquiera voy a comentar. De salud todo muy bien, nada importante. Sólo jaquecas por el sol de vez en cuando. No, digo destrozado porque hay demasiadas cosas que quisiera olvidar, y otras tantas que daría la vida por recordar pero que nunca pasaron. Por ejemplo, nunca vi ninguna estrella fugaz –cosa que me gustaría recordar- y tengo la certeza de que me voy a morir antes de ver una –eso lo quisiera olvidar-. Justamente hoy en la mañana estuve pensando que nunca he tenido de verdad una mascota, y siempre quise que mi perro se llamara Jota. Ya sabía cómo se iba a ver Jota. Lo veía correr, le veía el color, el pelo, el tamaño, y la veía a ella jugando con él en la casa que íbamos a tener, pero las cosas son así, ¿no? Nunca se dio. No sé adónde está ella exactamente. Sólo sé que está lo suficientemente lejos como para que yo ya no pensara en ella. Me parece que ese fue el plan desde el inicio, abandonarme pero nunca irse. Tengo pocos recuerdos de alguno de mis días que me traiga un sentimiento particularmente tibio. Nada más recuerdo un árbol de llama del bosque que estaba a la par de mi casa cuando era pequeño. Era imposible no verlo, pero las personas rara vez lo veían de verdad. Nunca logré notar la transición de las hojas a las flores. Siempre quise ir notando cómo se le quedaban las ramas llenas de botones mientras inundaba mi patio de hojas, pero cuando me daba la cuenta el piso crujía y a pesar de haberlo “visto” todos los días, nunca había notado que cambiaba. Y eso comprueba mi teoría, las personas somos como avestruces, y pasamos con la cabeza metida en la tierra sin ver lo que de verdad importa por miedo a morirnos, y nunca nos paramos a pensar si no valía la pena morir así, o si de verdad valía la pena vivir por sobrevivir. La verdad es que nunca he sido un buen ejemplo de nada. Ni siquiera lo soy ahora, que ya no tengo patio ni tengo árbol ni tengo nadie que me oiga para poder decirle todas las verdades que a estas horas sé, y que sé que casi nadie sabe. Es por eso que cuando estoy en el parque me dedico a ver a la gente pasar, y dependiendo de cómo se muevan y de cómo me vean, deduzco muy acertadamente qué tipo de persona son. Sé si son pobres, si no son lo que pretenden, a veces hasta noto en cómo caminan si vienen de un motel o de una iglesia. Si no me ignoran, procuro acercarme y hablarles, a veces creen que soy un loco y nada más agarran más fuerte la cartera y me siguen la corriente mientras piden un taxi. Prefiero pensar que lo que he sembrado en algunos es por lo menos la duda de la realidad que se oye detrás de lo que digo. Porque sé que ya no soy un jovencito, que no me veo fuerte, y que no tengo autoridad para decir nada. A veces me rodean las palomas y comen de mis manos, y a veces de verdad me siento mínimo estando junto a ellas. Para comenzar, ellas vuelan, y yo no. Yo nada más cierro los ojos para que el sol me ponga rojos los párpados, abro los brazos y por un rato me quedo ahí, nada más oyéndolas arrullar, hasta que pasa algún mocoso y las espanta. Me quedo pensando que no sabe lo que está haciendo, y para calmarme me imagino una paloma enorme que persigue una bandada de chiquillos, y que con el pico los arrastran de los brazos y de las piernas, y que de vez en cuando es clavan las uñas de las patas en la espalda hasta que quedan llorando. De verdad quedo satisfecho, a veces hasta me dan ganas de un café. ¿Sabe? Una vez sembré un árbol. Siempre me imaginé sentado debajo de la sombra de mi árbol. Y no iba a ser un árbol cualquiera. Iba a tener la corteza gruesa, con un tronco ancho. Eso sí, cerca del suelo iba a tener una bifurcación con una rama baja por la que yo le iba a ayudar a ella a subir. Cómo nos íbamos a reír cuando yo estuviera de pie en una rama alta y a ella le diera miedo que me tirara. La iba a molestar y luego, mientras estábamos sentados en una rama del medio, nos íbamos a besar como si de verdad me fuera a caer y ese fuera el último beso que me iba a dar. No se siente bien, no ser suficiente, no ser lo mejor, que siempre se pueda aspirar a algo más cuando se está con uno, ser verdaderamente pequeño e insignificante, ni siquiera merecedor de esa ínfima alegría que es que lo oigan a uno y no sentirse solo, no ser lo suficientemente importante como para que hubiera admitido viéndome a los ojos que no era suficiente. Irse dejándome como se va a perder un perro. Nos íbamos a encontrar justamente ahí, con las palomas. Nunca llegó. Y a partir de ese momento me sentí pequeño, más pequeño que un árbol, que un perro y que un gato. Comparable solamente con las palomas, salvo porque yo no vuelo y ellas sí. Básicamente ese soy yo, porque creo que importa poco lo que fui antes de esto. Ya dicho todo, ¿tengo el trabajo?

Lejos

Decisión tomada. Cada persona tiene su propia carga de masoquismo. No sé por qué, pero me parece una maravilla poder llorar en silencio. Ojalá un momento en que todo pasara menos el momento.

Mirá, si vos no me entendés, ¿cómo esperás que me entienda yo misma? ¿Creés que es simple, el vecindario de mi cabeza? Ahí no entran ni las ambulancias, aunque eso es bueno... Tantas sirenas, no más sirenas. Mi nivel de ruido es considerado silencio, y cualquier aleteo ensordece.

Masoquismo, masoquismo, hmmm... Mazorca, mosquito, mosquetero, masomenos... ¿Qué es masoquismo? Abrazarlo a él -quienquiera que sea- y estar pensando en vos encima de otro hombro. Eso es masoquismo, del único y el original. Pero qué maravilla poder llorar en silencio.

Un Lugar

Es que para qué negarlo.

Y es una pregunta indirecta, pero no como las preguntas indirectas en francés, que ni son preguntas ni dejan de serlo, y que hay que escribirlas con signo de interrogación. No, no, la mía es una pregunta poniendo cara de afirmación. Significa que no lo voy a negar y que no tiene sentido negarlo. Como sí, como seguridad, hecho.

¿Para qué negarlo?

Ahora debería responder por qué sería útil negarlo, ¿no? -"¿no?", otro amago de pregunta fundido con interjección/muletilla- Sí, me parece que debería mencionar por qué sería útil negarlo... Porque como comentaba ayer con alguien, es llegar y verse en el espejo la cara de burro de todo el tiempo que pasó engañado creyendo que las personas eran una cosa y resultaron ser otra.

Y eso podría ser bueno... Imaginar que las personas son malas, malotas, malísimas y descubrir que al final no lo eran... Pero le di vacaciones a Caperucita. Se fue a los Alpes con el lobo. Yo qué puedo hacer (pregunta indirecta, afirmación de que no puedo hacer nada), Síndrome de Estocolmo.

¿Han visto cuántos rodeos? -pregunta que no necesita respuesta, por lo tanto que debería ser indirecta, hasta cierto punto... Dado que los rodeos son como epithetum constans para mis escritos, casi retórica- Pues los rodeos vienen, claro está, cuando alguna materia se va a poner pegajosa en algún punto, o cuando nada más tengo humor para divagar nonstop porque algo me pone mal, demás... -aunque sé que no necesitaban respuesta a la pregunta, y aunque ésta no sea una respuesta válida a la pregunta que formulé en realidad, pero estoy segura de que por un momento se olvidaron de la pregunta tonta que se responde sola-.

Como toda buena espiral, en algún momento llegaremos al centro... O no, si partimos del centro.

No, no, de verdad tengo la intención de decir qué es lo que me pasa. 'Think of the happiest things, it's the same as having wings...' 'Faith and trust and pixie dust...' 'Clap if you believe!' 'I believe! I believe!' Y plah, tome, por bruto, al suelo... De nariz contra la esquina de la mesa... ¿No le había dicho ya que Caperucita anda cog *cough* con el lobo en los Alpes? Sí, síndrome de Estocolmo, qué le voy a hacer yo.

Muchas veces el verbalizar una realidad o que la realidad le sea verbalizada a uno le confiere más realidad que la que tenía antes... O la toma del todo hasta ese momento. Así como don Mamed se echó a morir cuando le dijeron que estaba viejo (ergo, que iba a morir), creo que el hecho de haber abierto la boca me condenó a conferirle realidad a la realidad que todavía no lo era por no haber sido verbalizada, si me perdonan las expresiones redundantes.

Frecuentemente son mejores, más productivos los procesos de insight para resolver esta clase de problemas, pero no quiero que me dejen sola conmigo (por piedad, tengo miedo de quedarme con mi dolor a solas...). Hoy tenía la esperanza de comprar los últimos regalos de navidad y ocuparme en algo, pero aparentemente me voy a quedar aquí confinada en mi cabeza. Confinada en mi cabeza igual que ustedes, si ya leyeron hasta aquí.

Es que me siento sola, eso es lo que pasa... Que me siento sola en mi manera cósmica y loca, la soledad de estadio o de concierto o de iglesia... La soledad de tener un montón de gente bailándole o pegándole en las costillas pero que uno sigue solo. Bueno, llegamos más cerca del fondo, aunque crea que el fondo es demasiado hondo como para alcanzarlo y no ahogarme. Me siento sola, y que nadie se lo tome a pecho, porque estoy segura de que, con un mínimo ajuste de los tornillos metafísicos todo se arregla, pero de vez en cuando es bueno sentirse así...

No esta vez, pero por racionalizar nadie se muere. Coping Strategy.

Es que me siento irremediable -no irremediablemente nada. No lo uso como adverbio que modifica a adjetivo ni como adjetivo. Lo uso mal, y a propósito-. Me siento irremediable en el sentido de que descubrí que la única forma de dejar de sentirme así de sola es rodeándome por menos gente, por irónico que suene. Necesito rodearme solo de quien vale la pena, no de "toda esa gente que dice que te adora, da la espalda y te ignora"...

Sí que todas esas cosas parecen llegar a una feliz resolución con la magia del año nuevo... Y luego vuelven a crecer y uno nada más choca otra vez contra lo que sea que haya chocado antes... Y se queda vestidito y alborotado.

... Revelación. Yo debí haber estado ahí. No, no, la verdad no sé hasta qué punto habría sido bueno... Soy famosa por dejarme llevar. Y no tengo cabeza para esas cosas. No, no debí haber estado ahí. Fin de la revelación.

Sí, decidido. Voy a poner a dieta mi lista de "amigos".

¿Y saben qué más quiero hacer? Me apetece tirarme en el zacate, pero no tirarme sola, aunque no esté con nadie. Tengo que pensar tanto, tanto. Pero una cosa a la vez, que si no, me va a tragar el fondo. De veritas, sé que busco algo, el problema es no saber qué.

¿Les parece que llegamos al final? -Pregunta directa, merecedora de respuesta- Este no es ni el inicio.

Nuit


La noche trae un sentimiento sumamante particular. Las cosas no son las mismas una vez que llega la noche. Por ser cuando se duerme, por lo onírico, por lo desconocido... Tantas razones para que sea un tiempo que, a pesar de ser "normal" tenga tanto fuera de lo común.

Mi casa de noche huele a limpio, a talco. A veces huele a incienso. Las noches antes de los días de fiesta huele a comida horneándose, a algún condimento dulce. A clavo de olor, o a canela.

Oír pasos de noche es algo bastante común, que suenen las puertas, ya sea porque alguien anda despierto o porque el viento las cierre prácticamente quebrándoles los vidrios. Las noches de mi casa casi nunca son frías. La casa entera pasa cerrada. Incluso la cortina del cuarto se tapa con una cortina pesada que si acaso deja pasar un rayo de sol por los costados.

De noche soy una sincera extranjera en mi jardín. Sé que hay una sola rata que lo cruza y come la comida de los pájaros. No sé quién se ha asustado más en las contadas veces en que nos hemos encontrado. Fuera de eso, no sé si en mi jardín hay flores nocturnas, nunca he sido demasiado noctámbula, aunque sea ocasionalmente sonámbula.

En mis noches nunca faltan grillos. A veces son apenas dos que se responden de lejos, o a veces parece que los hubiera mandado Carlos Salazar Herrera. Casi nunca los noto de verdad, a menos que estén adentro de la casa. Si no, para oírlos tengo que acercarme a los portones de la casa (ya con candado) y quedarme completamente callada, casi sin respirar para poder oír la cantidad de grillos que tengo de vecinos.

Penélope, mi araña patona, todas las noches teje en mi tina la misma tela que yo todas las mañanas destejo cuando me baño. Día a día, después del turno nocturno, la tengo que rescatar antes de abrir el tubo. Va y se esconde en la tela que le tengo permitida en una esquina y no vuelve a aparecer hasta tarde en la noche.

Tenemos un patio por donde sin falta entra la luz de la luna llena. Entra en tal ángulo que nada más se puede ver el rayo en el suelo pero no se puede ver la luna por la ventana, por la altura de la pared.

Y aunque la luz sea artificial, los focos de luz que sean, de noche tienen siempre su magia. Más de una vez he terminado casi loca de miedo y con la imaginación exacerbada cuando la luz entra a mi cuarto con las sombras de los vástagos moviéndose con el viento.

Más de una vez he intentado imaginarme qué se siente caminar por el cafetal de noche. Me he imaginado toda clase de fantasmas, animales, bichejos y demás engendros que deberían habitarlo. Siempre han tenido algún rasgo de felino.

Porque sí, la noche además siempre me ha traído una dosis de pánico. Cuando tenía que bajar las gradas a oscuras, pequeña... Llegar la perilla de la puerta pensando que una mano me iba a agarrar la muñeca y que me iba a dejar los dedos marcados en una quemadura horrible...

Luego fue cuando aprendí a querer la noche. Y si no a quererla, por lo menos a dejar de temerle. Con unas rondas de auto-terapia incluso superé que la oscuridad no me iba a matar por sí misma.

He tenido tiempo para pensar todo esto, para ojearlo en mi cabeza, para imaginar la fauna del jardín... Mientras estoy boquiabierta con la cabeza y las manos entre las verjas congeladas (mi jaula metafórica), oyendo cómo mi mundo se quiebra otra vez. Otra vez de noche... Por lo menos así el sonido lo aplacan los grillos.

Inercia

Esperé y esperé y de pronto ahí estaba. Era la entrada empinada a una especie de cueva larga y oscura. Tenía sólo unos cuantos rayos de sol que entraban por los lados conforme se movía, como un gusano que se muere.

Por fin llegamos a un punto en el que se detuvo, y por una bajada me encontré en un lugar que no era por el que había entrado, y como buena autómata, estaba segura de adónde tenía que ir, sin saber bien por qué.

El río frente a mí detuvo las aguas por un momento, y con miedo de que me traicionara, lo crucé corriendo. Apenas había llegado a la otra orilla cuando me volteé y ya el agua había vuelto a su curso, rugía, de hecho.

Caminé rápido al inicio, después cada paso era más corto que el anterior, y cada paso era además más doloroso.

Llegué a una bifurcación. Podía seguir bordeando el río o podía tomar un camino perpendicular del que no se veía el final porque era una bajada tal vez eterna.

Mi automatismo me dijo qué camino seguir, y comencé la bajada. En los edificios a los lados había ojos que todavía no me esperaban, y que se agolparon contra las ventanas sin ninguna discreción cuando me oyeron.

Y sí, cada vez caminaba más lento, como dándoles gusto.

En la mitad del camino me encontré con un oso enorme que alentaba a una niñita pequeñita y rubia a que saliera del camino. Ella no quería, y tenía entre los brazos un muñeco. No podía dejar de verla. El muñeco se volvió y me clavó unos ojos enormes concentradísimos en cada cosa que hacía. Por un momento casi me paro a verlo. Pero seguí por la misma inercia de siempre. Procuré irme como quien no quiere la cosa, sólo volviéndome un momento, y los tres se unían a los ojos que me veían y la niñita de daba de mamar al muñeco que, tragando, todavía no dejaba de verme.

Un poco más insegura de mi decisión -que después de todo no era mía-, seguí caminando sin remedio.

Un clavo me cayó a los pies. Volví a ver hacia arriba y me encontré a un hombre viejo y flaco que martillaba en un techo, y que daba toda la impresión de estar ahí al sol desde hace un par de vidas. Me volví hacia él para saludarlo, pedirle referencias, cualquier cosa, y sin verme él, se llevó un dedo a la boca, pidiéndome silencio. No pude decir nada, sólo salió un sonido como de animal, y lo vi mientras caminaba.

De pronto, dejó de martillar, y cuando yo estaba justamente al frente me vio a los ojos. Cuando vio que le iba a hablar me dijo "No haga bulla, o me mato."

Otra vez me quedé paralizada por dentro aunque seguía caminando, y sí, ahora los pasos eran todavía más cortos.

Cuando ya no lo veía, lo oí gritarme "¡...Y cuidado con los martillos...!"

A mi izquierda vi una puerta ancha de la que salía un aire frío. Era como una boca sin dientes, pero llena de tuercas, tornillos, máquinas despedazadas, y un piso lleno de un líquido negro, y rugoso como lengua.

En algún edificio cercano alguien se quebraba en un orgasmo eterno mientras muchos otros jadeaban alrededor.

Comencé a caminar más rápido, con pasos más largos, aunque había un muro frente a mí. Me costaba mantener el equilibrio, y creí por un momento que me iba a estrellar. Adonde aparentemente no había nada, noté las grietas de una puerta, y un llavín apareció como a la altura del ombligo.

No tenía la llave.

Me quedé ahí,como persona encadenada a máquina, cruzada con máquina que piensa pero que el cuerpo no responde porque no le pertenece... Y responde a algo mayor.

Pensé en mil cosas en un solo momento, y a través de las grietas pude ver lo que no veía desde hace años: verde. Y con ojos mecánicos creo que vi flores, hasta que me distrajo un movimiento involuntario -¿involuntario?-. Me llevé -¿yo?- la mano frente al pecho y la abrí. En la palma tenía una llave.

Sinceramente aliviada, pensé en abrir la puerta con la llave... Y la mano mecánica se cerró con la llave adentro, y, concertado todo con el brazo mecánico también, la tiraron lejos, viendo yo desde adentro que cada vez tenía menos control sobre la máquina.

Ya sin la llave cerca, la puerta se abrió sin un solo sonido. Entré.

En efecto todo era verde, hasta el agua que, a pesar de estar estancada, en apariencia corría.

Ahí la encontré, con cuatro ojos que juntos no valían por uno. Me dio de comer y me habló de cómo evitar la maldición de las miradas del odio con sólo otra mirada de vuelta...

Fue ahí donde me vio con los ojos acuosos y opacos, y me dijo: "Esto no es un sueño".

Si no me equivoco, no he despertado, y ésto sigue pasando momento a momento, se repite, y camino, y subo, y corro, y bajo, y el río se detiene otra vez, a veces me deja encerrada en medio y me siento morir. A veces el clavo no cae a mis pies, sino que se me clava en la boca, el muñeco logra detenerme, los que jadean me agarran con los brazos sucios y las manos húmedas, pero vuelvo...

Y todo termina con la misma afirmación de la que nunca despierto: "Esto no es un sueño."

Ligartijas, Hulefantes y Resorterontes

Esas cosas que nada más hay que confesar.

Lo que sentí en ese momento contra vos no fue odio, ni nada de ese tipo, fue más bien como un dolor de ver qué tanto me había equivocado tantas veces. Y sé que vos también te has equivocado, de hecho los dos lo sabemos. Y así como yo no sé qué se viene, vos tampoco... Y muchas veces viene el asunto en forma de madurez, que de maduro no tiene pero ni lo roja que me pongo.

La maté. La verdad es que no quería y se dio por casualidad. Vos me conocés bien, que ni a una mosca, mato. Siempre que paso por ahí, disparo al aire, es casi un rito. Pues ese día se dio que precisamente en el momento en que había disparado, ella se asomó a la esquina, allá, arriba, al puro borde. Cuando la vi, ya el asunto iba en camino. La golpeó de tal manera que no sé si la mató el golpe o la mató la caída. La vi caer demasiado lento -todavía está cayendo-. Nunca había matado, fue tanta la impresión... Cuando golpeó el suelo fue que de verdad entendí de qué habla la palabra "reventar".

Son todas esas cosas pequeñas las que nunca podría perdonarte. Porque he perdonado de todo... He puesto la otra mejilla, como buena... ¿buena qué? Buena lo que sea que sea... Buena buenaza, posiblemente. Te he visto revolotear alrededor de las cosas y con todo y todo me he quedado, pues, diría "al acecho", pero debería decir algo más como "en letargo"... Porque sí, truth is, sé perdonar de todo, olvidos, odios, peleas, abandonos, rechazos... Pero Dios te libre de verme a los ojos como si no te hubiera perdonado.

Caminé pudriéndome por dentro. El día había estado como debe estar el infierno, y como para coronar la desgracia, garuaba. Yo iba por la calle y me enfermaba el asfalto respirándome en los pantalones, me subía el vaho hasta la cara y se me acumulaba debajo de la sombrilla. Es un olor tremendo, si uno se para a notarlo, porque es el consomé de todo lo que ha pasado sobre esa calle, y me llenaba los pulmones... Y de pronto el sentía el corazón latir más rápido. Me pareció caminar sobre un animal negro y enorme... Todo sobre el animal era como muerto, borroso, inanimado... Todo estaba lleno de máscaras, y las conversaciones se me metían en los oídos y un eco eterno me llenó la cabeza.

¿Para qué decir que no? Ya el clima cambia y todo se pone soleado. Bueno, casi todo... Suelo no incluirme en el "todo" porque nunca he compartido las características necesarias para ser un buen ejemplar de cualquier cosa. Pero sí, todo se pone florido, incluso la matita -que no ha logrado pasar de un ser- está abriendo dos flores. Ya la lluvia de oro está cayendo por donde estaba la hamaca... Y bueno, al grano, mataría a unos cuantos por darte un beso ya.

Caminar sin rumbo...



Hablando de caminos... Pues sí, hoy fue otro de esos días en los que ni aunque me hubieran pagado me habría quedado ahí. Y rondé. Porque sí, fueron vueltas y vueltas. Vericuetos. Entraba por un lugar, caminaba por miles y volvía a salir por el mismo.

Pregúntenme adónde terminé. No oigo a las multitudes, un poco más fuerte... ¡Eso! ¡En una biblioteca!

Estuve pensando que después de todo sí hay mucho de tenebroso en algunas bibliotecas. Por lo menos sí lo hay en la Carlos Monge. Porque no lo he sentido en la Tinoco, ni en muchas otras, en las que, al menos para mí, el ambiente es casi festivo.

En la Carlos Monge la mayoría de los libros son antiquísimos, empastados de colores feos, las hojas -por trillado que suene- mustias... Hoy me encontré un volumen gigante de cartografía y geografía en francés, con los bordes de las hojas dorados y un empaste decoradísimo, que pronto le tomaré una foto a ese libro y la publicaré aquí, porque me dejó chocha...

¿Habrá algo distinto en la gente que camina sin rumbo? Cuando no hay destino, ¿abrimos los ojos distinto, caminamos con pasos más largos, qué es? Porque definitivamente nos reconocemos entre nostros y los demás nos reconocen. Apartando lo obvio, como la posible prisa, demás, aun entre los que caminan despacio, se puede ver quién sí tiene adónde ir. ¿Cómo es que logramos reconocernos los fellow nowhere-walkers?

No sé, en la biblioteca me sentí desamparada, sola, casi perseguida, porque no es la mejor sensación del mundo nada más ver a la gente callada paseándose por los pasillos, viéndoles nada más las manos traveseando libros... entre libros. No existe tal cosa como el contacto visual. De hecho ahí también nos reconocemos entre los que no tenemos ningún destino fijo. Los demás pasan como alma que lleva el diablo, quemándose por encontrar la información y salir.

Nah, nosotros no. Nosotros caminamos a pasito de museo por todos los pasillos, de vez en cuando hojeamos (ojeamos) algún libro, luego pasamos a otro... En fin, polinizamos la biblioteca entera. Pero somos loners. Queremos y necesitamos estar solos, y cuando coincidimos en algún pasillo y nos vamos acercando peligrosamente (llámese, estamos a menos de 4 metros), sabemos que alguno de los dos tiene que ceder y se va de ese pasillo hasta que pueda estar solo. ¿Cómo se define la jerarquía? Asumo que eso también está en el aire, como todos los demás reconocimientos.

Decidí (descubrí) que somos por mucho una raza aparte. Y nos extinguimos... No porque seamos pocos, no porque no vayan a venir más... No me refiero a extinción como grupo, sino que nos apagamos uno a uno... Y nada más nos vemos y nos dejamos morir.

Hoy me divertí en francés, pero mi bien manejada -y por consiguiente, ocultada- crisis sigue ahí latente... De vez en cuando la siento, pero ya somos amigas demasiado viejas y queridas como para dejarnos así nomás.

Ah, reencuentros felices: Carlos, mi Carlos de Historia del Arte... Me hacía falta.

Por cierto, hoy sentí los alisios... Traidores, que no tienen derecho a soplar hasta que pueda parar y sentirlos. Nada más los oí pasar por la ventana (cerrada) de la facultad de letras. MI FACULTAD. Y saber que falta tanto para poder de verdad disfrutarlos... Porque en todo caso sé que no los voy a disfrutar 4 reel por lo menos hasta el 11 de diciembre... y en todo caso hasta el 16.

Ok, hora de regresar al mundo.

...Tengo miedo de voltearme.

Cosita de Papacito

La curiosa y variopinta fauna humana. Todo porque no se necesita ir demasiado lejos para encontrar la maravilla de lo que no es normal, porque no he encontrado nada que lo sea -salvo tal vez aquella muchacha que todos sabemos quién es, que me parece anormalmente común-.

Está la señora de los ochenta años, que se dedicó a la costura la mitad de la vida y a los negocios oscuros la otra mitad, que terminó haciéndose de una buena fortuna que todos los sobrinos se pelean. Soltera, sin hijos. Se pasa el día con unos anteojos gruesísimos en una oficina chiquitilla y oscura, atendiendo llamadas con teléfono de disco y prestando plata a los clientes que muerde el perro de la otra hermana solterona. Un día llega un cliente gordo y le regala un chocolate. Al día siguiente vuelve y le regala un jabón. Y así sucesivamente hasta que la encuentran jugando con los hijos del cliente que le dice "mamacita". Caos en la familia. Los sobrinos no saben qué hacer, porque toda la plata la tiene "el gordo".

Está el matemático enfisematoso, inmigrante, con recuerdos de glorias pasadas en su país, de sus camaradas. Pensionado, dedicado a dar clases en una academia guardada en una casa vieja. Idealista hasta el último pelo que ya no tiene, planeaba hacer que los jóvenes de hoy en día lograran querer la matemática. Y claro, ese "hoy en día" pasó hace unos cuantos lustros. Se resignó poco a poco, cuando lo llaman, pregunta: "¿Quiere aprender matemática o quiere pasar el examen?", y ya no sabe para qué, porque siempre sabe la respuesta.




Y como para todos hay en la viña del señor, está el que, aunque está bien de salud, está más muerto que el más desahuciado de todos. Nadie lo conoce, no conoce a nadie, camina solo y no le gusta, pero es muy gallito para aceptarlo. El amargado, el oscuro, el que se esconde detrás del ego para rellenar carencias... El exitoso aparente.

Tenemos, además, al ciego social, el que cree que todos están mejor que él, que sólo su vida es horriblemente miserable, que sigue engañado, además, con que tener plata podría contribuir en algo a su alegría. El que sigue creyendo que en el mar la vida es más sabrosa... El que sigue creyendo... No, momento, espero que no lo siga creyendo, pero el que osó creer que todo en mi vida era felicidad.

Ah, y delicatessen en el mundo de las farsas, la doméstica que se cree elegante, y que ha entrenado a su hija toda su vida para que se case con un médico. La pobre idiota robando, pidiendo prestado, para tener a la otra pobre idiota en una universidad privada en la que revientan cuatrimestre tras cuatrimestre en la carrera de nutrición (no pudo costear medicina).

El amante de los animales, que siempre lo van a encontrar hablándole a los perros, caminando con ellos, dándoles de comer su propia comida, diciéndoles "Cosita de Papacito"...

El actor drogadicto, el abogado promiscuo, la madre controladora, la madre libertina, el padre ausente, la barbie viviente, el despechado arrepentido, el tímido-fóbico, la lesbiana indiscreta, el gay orgulloso, el religioso empedernido, el saltimbanqui culto, el viajero sin remedio, y podría seguir para siempre, pero prefiero cerrar con broche de oro.

También existimos los otros, las otras farsas, también inclasificables, los que somos cada día algo distinto y cada día engañamos a alguien distinto aunque siempre a nosotros mismos. Los que pretendemos que todo está bien y así lo demostramos aún cuando nos estamos cayendo por dentro... Duele la descripción. Mejor la paro.

Cóctel de gente que nada más no acaba... Algo que tenía que hacer. Tedioso a la hora de leerlo, pero tenía que hacerlo.

Si alguien se sintió retratado por alguna de estas descripciones, sépase que se hizo con ese propósito. Sobre todo la de mi ciego social, al que con todo cariño le comunico que nunca se lo voy a perdonar.

Fidelidad Canina

Abrió la puerta y salió. Lo vio irse sin volverse, con el paraguas y sin muchas señales de pronto regreso. Lloró y ladró pero no se volvió.

No le quedó más que resignarse. Se quedó ahí, viendo por una grieta la calle en la que nunca nada pasa. Ni sopla el viento ni se mueven las hojas. Pero se quedó casi sin parpadear. Esperando.

Pasa la gente por el otro lado y lo llama. Si acaso se mueve, pero no quiere perderse ni un segundo de la espera. Se vuelve. Le ofrecen comida, juego, pero espera.

Cada vez que lo distraen echa un resoplido como quejándose de haberse perdido la... la nada, porque nada pasa y él no vuelve.

¡Oh maravilla! Alguien viene... Viene con paraguas, y lo trae abierto porque comienza a llover. ¿O es que no había notado que llovía desde hace horas? Porque ya ni hay sol y sigue ahí... Y tiene hambre y sigue ahí... Y está cansado y sigue ahí...

Mueve la cola y ladra porque ya viene... Se va acercando a la puerta. Para y abre. Él va a la puerta a saludarlo. Se para sobre las patitas de atrás y menea el rabo de puro contento...

No sé el final de la historia.

*** FILL IN THE BLANKS***

Le sonrió con los ojos llenitos de ayer...
No era así su cara ni su piel...
"No eres quien yo espero"...

Una. Una. Otra.

"Isn't it funny how we don't speak the language of love?"

Parada en seco. Siempre caen gotas. Constantemente caen gotas. Una. Una. Una. Otra. Otra. Y sólo es esa, la que ni siquiera se esperaba causar una reacción distinta, la que a nadie le importaba, la que viene a regar el vaso. Y a partir de ahí, todas las gotas son un suceso y a la vez ninguna lo es... Porque todas, aunque vienen a derramarse aún más, vienen nada más a unirse a las milicias de la rutina... Y es una carrera por fluir... Una carrera por inundar... Por arrastrar...

Pero siempre va a haber sido ESA gota, por así decirlo, la causante de todo. Claro, es nada más una coyuntura temporal, de lugar, demás... Porque se podría argumentar que sin las gotas del vaso, esa nada más habría caído al fondo. Cierto. Es una casualidad... Pero ya que las cosas se dan de esa forma, es esa única, pequeña, ínfima gota la que viene a dar toda la catástrofe...

En este momento podría estar en teatro... Pero no. Crap. Así se van dando las cosas.

Toda la analogía/metáfora loca aparentemente para nada, pero no se imaginan cómo ayudó. Sos mi gota. A partir de ese momento, comenzó el caos... Y es hasta ahora, con el agua hasta las rodillas que estoy dispuesta a parar la fuga... Porque ni siquiera debiste haber existido, porque fuiste nada más un momento de debilidad. Fuiste un error, aunque te lo diga con todo cariño.

Claro, como el que se enoja, pierde, no vas a notar el cambio... Y aunque cambiara, no lo notarías... ¿En qué estaba pensando? Dios, sos la antítesis de todo lo que... Ok, no. Pheww. Paz. Como sea...

...Volver a la calma... a digitar despacio... Res-pi-rar... No lo puedo creer. Llueve.

(Loco, esta maravillosamente no es para vos... jaja...)

Cambiando de tema... Canciones que he tenido pegadas...



Gorillaz- Clint Eastwood


Hoobastank- The Reason

Lynyrd Skynyrd- Sweet Home Alabama


The Doors- Riders On The Storm

Ténganles cariñito y paciencia la primera vez... Puede que se carguen lento...

Y algo definitivamente feliz:


P.S: Faltan 75 días...

Los Engañados

Todos nos reunimos ahí. Nos encontramos algunas veces siempre en el mismo lugar en el mismo momento, todos con la misma condena: Creer que teníamos aunque fuera una pizca de control sobre lo que venía.

¿Espontaneidad? ¿Qué es eso? Todo está calculado al milímetro. ¿Me volverías a ver igual a los ojos si supieras que todo fue planeado?

Y es como si de verdad fuéramos una secta secreta que se reconoce por lo que lleva debajo aún sin quitarse la máscara... Porque lo planeamos todo con cuidado... Sin espacio para el azar... Pero ahora es esa vida la que nos está matando...

Y nos hacemos confesiones de segundos, de lo que debíamos haber sido si las cosas fueran distintas... Nos reconocemos con sólo vernos a los ojos, con sólo esa señal de iconformidad, con esa forma de ver que siempre quisiera ver más allá...

Un encuentro casual... Un intercambio de unos cuantos momentos... saludo de beso... La confesión de rigor... La identificación tácite... Pero nos vamos haciendo más y más pocos...

La gente se acostumbra a las máscaras... Y eventualmente uno se olvida de cómo era su propia cara...

C'est la vie...

En esta entrada, everything goes.

Juro que jamás había estado así de estresada, que en ningún lugar encuentro algo que sea al menos parecido al descanso. Estoy cansadísima y todo se me viene encima, y habría sido algo fácilmente reparable, pero ya es un toque tarde, ¿no? Así que a ponerle bonito, y en el peor de los casos, como dice mi amigo, "pasa en las mejores familias"...

Sí, mea culpa. Quedó tallado en la palmera para la posteridad, en la que veo todos los días. Sí, me trajo un par de sonrisas de vez en cuando, alguna paz del momento al pensar que en la de menos podía funcionar. Cada vez que se talla algo en esa palmera, al inicio nada más queda más claro, y conforme va cicatrizando queda una especie de relieve. Un día me salí de mis casillas. Vi la palmera y necesariamente la odié. Me acerqué y vi las cicatrices. Clarísimas. Mejor no lo pudimos haber tallado. O sea, made in heaven. Y eso me enojó todavía más. Con una piedra raspé todo lo que pude. Presto. No me tomó demasiado darme cuenta del error. Y lo fui comprobando día a día. Nada más hice una cicatriz más grande, en la que de paso todavía puedo ver la anterior. Ahora, cada vez que paso por la palmera ya no veo mi -aunque ya pasado- acierto. Nada más veo mi error... constante. Y qué simbólico ¿no? Odio esas analogías con las que uno nada más se tropieza una y otra vez... Habría sido menos traumático, menos grande, y menos notorio nada más dejar las cosas como estaban y cifrar las esperanzas en que algún día sanaran...

El correo. 391. Y todavía recuerdo cuando no alcanzaba buzón. Siempre me trae un sentido de felicidad... Pero es que antes era un lugar claro, y tenía ventanas por todo el pasillo, y siempre las limpiaban. En cambio ahora nunca levantan las cortinas de hierro, y chorreadas por el vidrio se ven las cuitas de las palomas. Las palomas. No entiendo por qué sólo aquí no podemos lidiar con palomas, con lo bonitas que se ven... Y en todo lado las manejan...

Recuerdo cuando comprábamos las bolsitas de maíz en el parque y les dábamos de comer. Desde pequeña me agarraba con quien fuera que se metiera con las palomas. Tan indefensas... Tan tontas, la verdad. Pero nobles. Y se acercan a la mano pegando brinquitos hacia adelante. Eso sí, me gustaba más comprar el maíz en el molino, porque era más, y más barato. El Molino. Al inicio el kilo de maíz costaba ¢50, luego ¢100, creo que ahora puede andar por los ¢300... Sí, ya no sé cuánto cuesta, y asumo que es uno de los síntomas de crecer... Autocondenarse a no tener tiempo para hacer lo que más nos gustaba hacer cuando pequeños. Porque yo paso todos los días frente al parque, a los 50 metros -cuando mucho- del molino, y nunca -de lo que se llama nunca- me he tomado la molestia de parar un momento. Pero no es sólo culpa mía. No tiene la misma gracia pasar sola. Pero volvemos a lo que sí es mi culpa. Hoy por ejemplo, sí pasé con mi abuelito, y no me tomé el tiempito de pasar por el parque de Guadalupe. Guadalupe. Hoy noté que muchos de mis momentos más felices fueron en Guadalupe. Rarísimo, me parece. Y todos son de cuando pequeña... ¿En qué momento comencé a morirme?

Hmm, ahora que pregunto eso. ¿El antónimo de la muerte es nacer? Porque en ese caso sería contradictorio nacer muerto... O sea, no se puede estar de pie y sentado. Es imposible ejecutar todas las posibilidades en un mismo momento. O sea, si se puede nacer muerto, el momento en que comienza la vida es anterior, o sea, la concepción. O sea, wow, el aborto es efectivamente un homicidio, lingüísticamente hablando... Y no me voy a meter a discutir el aborto... nada más sepan que cuando voy en el bus viendo por la ventan y oyendo música con cara de pensamientos profundos, posiblemente nada más sea algún laberinto lingüístico interno de este tipo...

¿Que a qué me refiero cuando digo "el otro vos"? Pues al mío, por supuesto. Pero lo cómico del sueño es que soñé que regresabas, y que claro, no éramos nada, pero que el que había vuelto era el mío -el muerto y sepultado, jaja-. Y andábamos con la jacket, en el cole. Toda la generación... Era como que invadíamos el cole cuando ya todos los que sí debían estar ahí ya se habían ido. Recuerdo que estaba Ruilova, estaba Pito, Dylana, Nela, obviamente Fray Víctor... (Preguntame por qué estaba Ruilova...) En fin, y sabíamos que ya no teníamos que estar ahí... Y nosotros andábamos juntos... Y a mí me veían con cara de "pobre criatura, qué engañada"... Y yo pretendía que no me importaba... Pero era el otro vos... Y fue cómico, como hablar con un muerto cuando uno está dormido, que se despierta contentísimo porque otra vez está vivo y luego se despierta y no se puede dormir porque no es cierto...

Stress, stress, stress... Y sí, ya que es un anglicismo, we might as well use it correctly,jaja... Me estoy volviendo ligeramente loca... Y estoy escribiendo como degenerada nada más para ingorar todo lo demás... Pero no tiene caso, porque al fondo sigo oyendo el reloj, y son las 11:09 tic tic tic tic tic tic... Listo. De hecho ahora son las 11:10... y sé que me tengo que ir a las 11:30.

Los miércoles siempre han tenido un aura de que hasta ese punto las cosas todavía se pueden arreglar para la semana... Ese feeling de estar justo en el medio, de que todavía no es demasiado tarde. La semana puede venir mal que si se tiene un buen miércoles todo mejora... Pero si el miércoles resulta siendo mier... (sin el 'coles'), ya la semana se puede dar por muerta. El semestre pasado tenía teatro los miércoles. O sea, ¿cómo iba a haber miércoles malo? Pero este semestre se ha halado cada miércoles... (sin el 'coles', jaja)... Y es que además las semanas se van volando... antes de darme cuenta de que ya es miércoles, es miércoles... pero el próximo. Y siento que las semanas no pasan sino que se me escapan...

Y qué RAJADO qué mal me cae la gente que dice las cosas como por caer re-bien y después uno se da cuenta precisamente de que nada más lo hicieron por eso y que después son pura paja y entonces caen pésimo. La diplomacia necesita su control. Hay abominaciones que necesitan ser dichas y chucherías que no deben decirse.

Porque además descubrí que hay dos tipos de pleitos. Hay cierto tipo de batalla que vela por un bien mayor, de los que no debemos escaparnos... Siempre hay que procurar luchar y ganar... Pero! Hay otro tipo de batalla que muchas veces confundimos, que son ese tipo de peleas por algo totalmente sin importancia... de las que me mantengo al margen. O sea, las peleas que no valen la pena... No me van a ver embarrada en una discusión por ese tipo de cosas súper trasendentes para el futuro de la humanidad como el TLC, cosas por el estilo... Las comentaré alguna vez, pero no vale la pena... Y que me digan lo que quieran, que no es con palabras que ocupo defenderme. Y esto no era necesariamente lo que quería decir... pero se va haciendo más y más tarde... Y en esta entrada como en todo: Atrás, ni para agarrar impulso... Jaja, y no tanto en la vida como en esta entrada... Jaja... está taan loca...

Yo creo que la única entrada que había escrito a este ritmo era la de la hiperactividad... (wonder why...) Y curioso, ya varias veces me han preguntado cuál es la gracia de llevar una agenda, de abrir un blog... Pues no sé, es como el appeal de una memoria accesoria, de perpetuarse en algún lado, no me pregunten... Son tantas cosas que creo que a la larga no puedo definir... Pero de fijo me encanta tener una especie de pensieve adonde puedo repasar esos detalles que una vez noté y que ya no recuerdo... Y saber que cuando relea esta entrada otra vez voy a recordar todo el castañeteo de dientes, el temblor en las manos, el no poder parar, no poder quedarme quieta, saber que no quiero hacer el intento hasta, hasta...

Hasta que uno nada más sabe que tiene que parar.

Así fue que no volví a escribir...

Como ya le había comentado a varios, mi compu ya me había anunciado que ocupaba cartarsis... jeje... Y bueno, borré con toda la sangre fría del caso el 90% de mis escritos de noveno a acá. Borré poemas, cartas, cuentos, un archivo de 52 páginas, amago de adivinen qué... Y me encontré este, que siempre me ha parecido comiquísimo. Como podrán suponer, también va para la cazuela, pero no antes de que lo puedan haber visto.

Lo curioso del asunto es lo dulcito (dulcete) que es, y que, contrario a lo que se podría pensar, lo escribí dolorosamente soltera... Después me cayó como anillo al dedo, pero en el momento de escribirlo era pura y simple paja. (Pero paja clarividente, jaja)

Helo aquí:

"Y así fue que no volví a escribir. No paré de hacerlo porque se me hubieran agotado las ideas. Al contrario, mi cabeza estaba más llena de ideas y palabras que nunca. Mirá: Dejé de escribir porque todos aquellos pedazos pedacitos y pedacitos de mí siempre se quedaban reservados para mis noches –o más bien para mis insomnios- sola. Salían de la oscuridad sólo para aquellos momentos en los que quería sonrojarme y pensar en vos a falta de tenerte.

Supongo que el asunto también venía de que no sabía cuánto ibas a durar en mi vida, qué iba a pasar al final. Prefería documentar y archivar mis alegrías que disfrutarlas en su momento. Así, para cuando las alegrías se hubieran acabado y de vos no me quedara más que la espina, las iba a sacar… para vivirlas por primera vez.


No te voy a negar que varias veces me perdiera al perderte. Esos buenos momentos fueron mi único consuelo por minutos que se tropezaban en mí y me veía cubierta de momentos pretéritos, mientras que mi presente fluía a mi lado, un hilillo de vida que no quería retomar sola.

La niebla era mi mundo. En esos momentos escribía lo que no podía sentir, para, leyéndolo y releyéndolo, poder llegar a creer que era mi verdad. Sonreía cuando estaba triste. Mis eventuales lágrimas eran de pura soledad. Si querés saberlo, pues sí, escribía sobre vos para sentirte menos lejos.

Al final, no sé todavía cómo te acercaste, qué hice para lograrlo, pero ahora que te tengo aquí, es cuando te cuento esta historia: es por vos que dejé de escribir. No te sintás culpable. Sabés que ni siquiera escribía bien. Es hasta ahora que no te voy a dejar ir, ni vos a mí que estoy abrazando mi vida, te abrazo a vos.

Y así fue que no volví a escribir. No es que paré de hacerlo, pero ya no vas a encontrar mis poemas en papel. Es que ahora mi inspiración son tus besos y mi tinta son los míos.

Si no te convenzo, y querés buscar mi último romance: Andá ve tu boca, ahí está impresa toda mi ternura, versado todo mi amor… Y con rima perfecta, así como vos y yo."



Oh, Gosh... ¿De verdad lo publiqué?

Sí, sí, yo sé... Demasiada miel, demasiado de todo, pero ya que se va a ir de mi disco duro, que quede para la posteridad en algún lugar... Extraño esa etapa adorablemente adolescente de mí...

Algoritmo

Córtense una yema de un dedo con papel. Sigan haciendo cortes hasta que sangre bastante. Que toda la mano quede roja. Prénsense la mano en una puerta. Coman helado hasta llegar al brain-freeze. Peguen el pie contra un mueble, el dedo pequeño. Levántense en el bus y peguen la cabeza en la barra. Quémense con el sol, que la piel brille. Ampóllense las manos barriendo. Cáiganse y háganse un raspón de toda la pierna, hasta la rodilla. Esguíncense un tobillo. Carguen en la espalda más de lo que puedan soportar. Despiértense con el cuello contracturado. Dislóquense un hombro. Desmóntense el radio, quiébrense el cúbito. Rómpanse un ligamento. Arránquense un diente. Muérdanse la lengua. Quémense el paladar. Golpéense un ojo.

Y ahora viene lo bueno.

Agarren una navaja. Péguenle contra cemento hasta que se quede roma. Herrúmbrenla. Que quede días y días en la lluvia. Escojan un día soleado. Que canten los pájaros. Véanse el brazo y pónganle especial atención a los trillos de sangre. Pongan la navaja perpendicularmente y hagan un corte. Entre menos limpio mejor. Nada más dejen que la sangre fluya.Apenas se sientan débiles, pálidos y ya al borde del otro mundo, pongan atención a lo que oyen.

Exacto. Los pájaros siguen cantando.