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Cuando algo pasa, se tienen que dar ciertas circunstancias especiales para que el hecho se pueda ver más o menos racionalmente. El hecho tiene que ser suficientemente cercano para que uno se tome la molestia de analizarlo, pero tiene que ser lo suficientemente lejano como para no volverse loco en el proceso.
Yo, por ejemplo, a pesar de la relación fallida, a pesar del mensaje, y a pesar de la pistola, nunca estuve convencida de que fuera un suicidio. La cucarachita mandinga lo gemía y lo lloraba, y que tan bueno siempre, cómo fue a hacer eso... Y sólo yo planteaba la posibilidad de cualquier otra cosa... Y a la hora de las horas nadie (de lo que se llama nadie) se suicida de 5 balazos.
A veces hay que tener cuidado con la verdad.
Una vez más, Carla gana. Yo creo que es un asunto hormonal, las raging hormones que, no en el rico sentido, me tienen de cabeza.
A estas horas me vengo a enterar de mis capacidades de vidente mezcladas con ese peculiar gusto por lo improbable. (Es tan improbable que hasta puede que pase.)
Doctor, nada más dígame que no existe. Dígame que yo nada más lo imaginé, que me hicieron falta amigos en la niñez, que fue todo un sueño. Dígame que a la cuenta de diez no va a ser cierto. Nada más dígamelo, dígalo: "No existe".
Ay, Dios... Gracias, gracias... De verdad se lo agradezco. No sabe cuánto me ayudó... Ya con la certeza de que no existe no voy a asustarme si me lo topo frente a frente en una calle.

Como para todos hay en la viña del señor, buscando y rebuscando se pueden encontrar los que buscan el mar para divertirse, para viajar, para suicidarse… El caso es que no hay una única forma de percibir el mar.
Para mí ha sido algo que he querido ignorar por temporadas, a veces medio de vida para la familia –y no somos ni pescadores ni buzos…-, pero la constante ha sido que me inculcaron que es “algo” que merece respeto. A mí me parece más un “alguien” que un “algo”, pero bueno, a lo que me enseñaron. No se trata de que salga corriendo con la primera ola que me encuentre, o que me eche a morir el día que me pierda en mar abierto. Sencillamente me enseñaron que no es un lindo lugar para bailar con la calaca.
Desde pequeña me ha encantado el boogie. Comencé con una tablita de esas que se usan para enseñar a nadar, pero luego de notar mi estado calamitoso con mi tablita rosada multipropósito, mi abuelita para una navidad (o cumpleaños, no recuerdo) decidió comprarme un boogie de verdad. Me compró uno rojo con correa anaranjada. Tenía en la parte de arriba un diseño algo tribal de plumas amarillas, moradas y celestes. Como sea, mi boogie y yo no pasábamos desapercibidos por la playa. Y aunque la descripción sé que suena a capa de circo, todos los chiquilines de la playa lo envidiaban y los grandes alguna que otra vez me comentaron que qué buen diseño.
Al inicio, eso sí, parecía que había un boogie fugitivo por la playa, porque mi bienamado era prácticamente más grande que yo, pero luego comencé a agradecer el sobrante original de tabla, ya que me fue fiel y útil hasta hace muy poco tiempo, ya con mi estatura actual.
Aclaración: Soy de las nenas que va a la playa a disfrutar el mar, no a un desfile de modas o a tomar el sol que, de paso, brilla en todo el mundo, no solo en la playa. No voy a buscar novio o amigos, por lo que la paso bomba de una manera que pocos podrían imaginarse. Es casi el único tiempo en el que de verdad me libero del interés que me pueda provocar lo que piense la gente.
Volviendo a mi boogie. Compañeros de aventuras, de desdichas, siempre me esperaba en mi casa de Guanacaste. Claro, es una casa casi sin vecinos, por lo que fue midnight snack de todos los cacos del lugar. Se fueron robando todas las cosas, que ahora pacientemente llevamos y traemos de/a San José. Mi boogie, sin embargo, entrenado para resistir desde el sol hasta las olas y las piedras sobrevivió una tras otra las entradas de los mismos ladrones que nunca lo notaron detrás de la puerta de uno de los baños. O lo notaron y por enorme no lo pudieron sacar.
En diciembre, sin embargo, volvieron a entrar a la casa y esta vez abrieron todo un observatorio astronómico en el techo de la cocina, del que no se escaparon los colchones y las almohadas, sin contar platos, vasos, tenedores, trapos viejos del piso, mis crayolitas inservibles y una lista interminable de cosas cada una más tonta que la anterior. Dentro de las bromas para lidiar con la situación estuvo el haberme encontrado una mariposa de tubería tirada debajo de un almendro, y comenté que seguramente fueron tirando las cosas inútiles en el camino, pero que a ese paso, a los 100 metros ya debían ir con las manos vacías. Pero no he encontrado mi boogie en la acera.
Este fue mi primer viaje a la playa sin mi adorado boogie. El primer día que fuimos al mar me ocupé nadando de un lado para otro, peinándome, flotando, chocando la espalda contra las olas que revientan, que me había hecho experta en montar. En este único caso me ahorro la molestia de la modestia. Montaba las olas con una facilidad envidiable. Ninguna ola se me iba, ninguna me revolcaba, y algunos de los momentos más felices de la playa los pasé junto a mi –extrañamente- innominado boogie.
Hoy volvimos al mar. Desde el balcón del restaurante se podían ver las olas gigantes estallando muy lejos de la arena, los muñequitos mínimos de la gente perdiéndose debajo de la espuma y luego apareciendo lejos de donde habían estado al inicio.
Yo, que había cargado con la pérdida con un estoicismo del mejor, no pude más que extrañar mis tiempos mozos con mi tabla roja y quejarme por un buen tramo hasta el mar, donde en efecto comprobé que unas olas frecuentísimas y como de dos metros de altura tenían a todos los detractores del suicidio lejos del agua.
Era de esperarse. Unos 7 tenían boogie. Creo que en algún momento pensé en buscar el mío para dejar flotando bocabajo al que lo tuviera. Al final decidí ni siquiera determinar el color de ninguno, y mantuve mi duelo de viuda negándome rotundamente a alquilar alguno.
Entramos, y la fuerza con la que llegaba el agua a la playa prácticamente movía los pies. Costaba avanzar. Habíamos entrado poco, y una ola estaba reventando muy adentro en el mar. Hay maneras de salir intacto de esas olas. Una es estar muy adentro, casi adonde se forma y sencillamente saltarla de costado o de espalda. De costado porque es más seguro cortar así el agua, y de espalda porque es más rico. Otra es estar afuera afuera, adonde ya la ola es pura espuma, digamos donde ya llega apenas un poco más arriba de las rodillas, y la otra es consumirse en el agua por debajo de la ola, que generalmente se queda bastante quieta mientras pasa la mole por encima. Una variante de ésta, más segura, es consumirse en la ola y atravesarla cuando está a punto de reventar.
¿Qué la ola ya comenzó a reventar y yo estoy debajo, qué hago? ¿Qué hago si no puedo con ninguna de las anteriores? Agárrese la ropa (importante), respire hondo (más importante) y péinese el copete por la eventualidad de tener una cita intempestiva con San Pedro (de no tener fuertes creencias católicas se puede ignorar la última precaución).
Claro, con un boogie es más fácil, y las precauciones anteriores casi no cuentan, porque prácticamente cualquier momento es un buen momento para tomar el ride de la ola. Pero yo no tenía boogie. La primera ola me revolcó como no recordaba que me revolcara el mar desde mis cinco años una vez que vino una ola tan fuerte que mi abuelito no me pudo agarrar y rodamos los dos por la arena.
Tomé la ola de frente, en un intento tardío para atravesarla consumiéndome. Me dio la vuelta entera y me sentía dibujando eses debajo del agua. Salí despeinada y un poco avergonzada conmigo misma por la falta tan lógica por la que me habían revolcado.
Entré, venía la segunda ola, y la atravesé, pero noté que eran unas olas como pocas veces había encontrado, eran verdaderamente como paredes. Se sentía como atravesar el cemento todavía húmedo. Se llegaba al otro lado un poco aturdido, y en definitiva golpeado.
Tercera ola. Error de cálculo número 2. Revolcada sin remedio. Tenía el agua casi a la altura de los hombros cuando me llovió la ola en la cabeza, y me tiró de cara contra la arena con una violencia matadora. Por la fuerza del agua y el cambio de presión que creó la ola al caer vino el típico dolor de buzo, el sentir que se revientan los oídos, que se perforan los tímpanos, y medio perdida por eso fue cuando ya la ola comenzó a llevarme hacia afuera. Todavía lúcida, tomé la precaución importante de sostenerme las dos partes del vestido de baño, que para el punto en que las sostuve podían ir aproximadamente por el cuello y por los muslos. No perdí la calma, acostumbrada hasta cierto punto a ese tipo de chascos. O por lo menos no la perdí hasta que descubrí que la ola había reventado en agua tan profunda, me había sumergido tanto y me llevaba con tanta fuerza que yo no estaba siquiera cerca de la superficie y ya no tenía aire. Ya sin calma y nadando como desesperada, verdaderamente cuestión de vida o muerte, logré llegar a la superficie por un pelo, donde la ola me siguió arrastrando, igual que a muchos otros, pero por lo menos podía respirar.
Nunca había sentido la perfecta convicción de que iba a morirme. Ya sentía el corazón latiendo más fuerte no solo por el pánico, sino por la falta de oxígeno. Es que no exagero. Estaba segura de que me iba a morir, chapaleando casi tocando el fondo, sin aire, y sin esperanzas de llegar a la superficie. En uno de esos intercambios con el destino, pensé que no, que por favor no, no morirme hoy, ni ahogada, ni en el mar. Sobre todo no ahogada.
Salir a flote fue, ¿cómo describirlo sin ningún recurso trillado? Fue como dormir con muchísimo sueño, o llegar a orinar justamente en el momento en el que ya la vejiga está comenzando a cantar rancheras. Perdón por la poca poesía, pero se me acaban las palabras y no llego ni cerca a lo que sentí en ese momento.
Pude apenas equilibrarme un poco y ver hacia adelante y atrás para darme cuenta de que la mitad de mis co-bañistas todavía no habían logrado reponerse de la ola, y que no encontraba a mi abuelito por ningún lugar. Me desesperé como no me desesperé ni cuando sentí que me iba a morir. No podía creer que me hubiera ido adelante con ese tipo de olas, y que lo hubiera dejado atrás. Podía haberle pasado cualquier cosa, sobre todo porque no era la primera ola, y era la más fuerte que alguna vez hubiera visto (o sentido).
Era como uno de esos sueños recurrentes que tengo en los que estamos en los que se va formando una ola de unos 100 metros de altura, y que estamos en la sombra que proyecta, y que corremos pero casi no nos movemos. No lo encontraba, yo ya estaba bien apoyada en los dos pies en agua bastante tranquila, y seguía sin verlo.
Poco después lo vi apoyado en una rodilla saliendo de la espuma del final, ya en la playa. Comencé a correr como en el sueño, porque la ola que ya se retraía me llevaba hacia atrás. Corrí y corrí hasta estar segura de que estaba bien. Nos mantuvimos en la arena con el agua apenas por los tobillos y con los brazos cruzados, sin saber si entrar otra vez o no, y con un cierto sentido de derrota flotando entre los dos.
Decidimos entrar otra vez, pero poner en práctica todas las precauciones posibles. Sabíamos que la verdad el riesgo sí era grande. Las olas jugaban con la gente como con muñecas de trapo, y sin poder hacer nada todo el mundo terminaba haciendo acrobacias subacuáticas en las que en cualquier momento se podía encontrar una piedra en la nuca que decía que se acababa el paseo. Whatsoever.
Fue como una lucha a muerte, o mejor dicho, a vida. Duramos poco, la verdad, y no tenía caso. Eran olas sin el menor interés por la lógica o por las leyes de la física, que arrasaban todo lo que tenían por delante, y contra las que no valía ni las tablas, que clavaban la punta en la arena y catapultaban a los tripulantes hacia adelante.
En efecto no tuvo caso. Todavía me dolían los oídos. Poco después de haber salido, y una vez que había encontrado a mi abuelito y pasado el rush de adrenalina, tuve tiempo para notar que sentía un dolor en los oídos que llegaba hasta la garganta y que casi no me dejaba hablar, y que el dolor era tanto que estuve a punto de llorar. Me tapaba los oídos, intentaba bostezar, pero nada quitó el dolor por la compresión y descompresión. Cada vez que atravesaba las olas, los oídos se me volvían a tapar y destapar, hasta que ya era masoquista rayando en suicida estar en un mar tan picado.
El mar, con todos sus bemoles, es un lugar de socialización casi inevitable. Como no hay límites definidos entre el espacio de uno y otro, y casi siempre la gente se va moviendo en diagonal por las olas, muchas veces sin darse cuenta, se ha llegado a parar entre un grupo de gente completamente inesperado, con el que casi siempre se comparte aunque sea una sonrisa de “perdón”. Vale mencionar que rara vez soy yo quien tiene esos encuentros, porque no soy persona grata a la primera impresión, porque los chiquitos no se me acercan y porque siempre había estado muy ocupada con mi boogie.
Esta vez, ya cuando mi abuelito y yo estábamos en la agonía de que no paraban las olas, un chiquito se nos puso atrás. “¡Ay, qué ola más grande!” “*Glu glu* ¡No toco el suelo!” “¡Hay que consumirse si uno no quiere que se lo lleve!” Y bueno, era un dientón simpático, un chiquillo gordillo de los pocos que a mí me simpatizan. Nos estuvo hablando sin poder cerrar la boca por los dientes, consumiéndose y siguiéndonos mientras intentábamos salir. Nada más lo intentábamos, porque cada tramo que se avanzaba se perdía cuando el mar tragaba, y porque había que devolverse otro tanto más para poder sortear la ola estando lo suficientemente adentro. Así estuvimos un buen rato. Luego el nenín nos dijo: “¿Están intentando salir?” No le habíamos puesto demasiada atención. “Sí”, le contesté yo, y seguí en mi trabajo de andar y luego desandar lo andado. Se quedó flotando en un solo lugar. “No pueden salir”.
Tuve que volverme, y me explicó con mucha paciencia lo que yo ya había notado, que posiblemente en vez de avanzar cada vez retrocedíamos un poco más. Me lo explicaba entre ola y ola, levantándonos dos metros cada vez que las evadíamos. Yo ya lo sabía, pero no se lo iba a conceder a semejante chamaquillo. Nos revolcaron las olas otras tantas veces en el intento de nada más ignorar que venían y usarlas para nadar hacia afuera. Al final nadie intentaba salir por el miedo a ahogarse antes de llegar a la playa.
El mar no es nada más “algo”. No solo está vivo. Mata. Y tiene caprichos y malos momentos, rabietas, y tiene soledad. Más que nada tiene soledad. Y hoy debió ser uno de esos días en los que se sintió ignorado y nos encerró ahí para tener con qué jugar. Juegos rudos, los que juega.
Veía en la arena a mi familia sentada en la sombra, conversando, sin idea de la cantidad de sal que había tragado, tanta que me dejó afónica. Sentadas sin saber que no podíamos salir.
El nenín nos siguió hablando y nosotros seguimos luchando, nadando, todo en vano. Después decidimos que solo había una forma de llegar a la arena, y era arrastrado por las olas. Revolcado. Así de simple. Vinieron varias olas que atravesamos mientras decidíamos qué hacer. El chamaquito se había alejado un poco. Un par de metros arriba, en la cresta de una ola, nos gritó: “¿Todavía quieren salir? Si quieren salir ésta es.” Traté de tomarla nadando, pero otra vez prácticamente me desnudó y terminé de vestirme en la espuma del final, despeinada como nunca y con la cara llena de arena, pero desembarazada de convenciones sociales y feliz como nunca de estar viva y afuera.
Afuera nadie había notado nada. Ni los del fútbol playa, ni los del volleyball, ni las chicks que van a la playa como para ir a un desfile de moda. Salimos casi todos del mar como entran las tortugas al nacer, con esa complicidad de hermanos recién nacidos, a punto de separarnos y sin conocernos, pero sabiendo que por lo menos esta vez, sobrevivimos.
Forma curiosa de cerrar el duelo por mi boogie. Voy a comprar uno nuevo para semana santa.
Al mar, chamaco gordillo, dientón y caprichoso, a veces es conveniente ponerle atención. No se vaya a ver uno atrapado en una de sus crisis de soledad.
P.S: Esta entrada la escribí ayer en la tarde, no hoy. De paso, I'm home.
Cinco... Cuatro... Tres... Dos... Uno... Qué mala primera impresión te irás a llevar de mí.
La gente se siente grandota y madura cuando habla de sexo... De hecho creen que están hablando de algo más profundo tanto intelectual como espiritualmente. Ascienden en la cadena evolutiva sólo porque superan al chango que todavía está en su etapa masturbatoria y que no se atreve a mencionarlo. Homo Sapiens Sapiens Sexus.. Y al demonio la banalización, claro está. Arriba el hedonismo.
Epíteto, esa era la palabra que andaba buscando.
Cómicas, hilarantes, graciosísimas las memorias asociadas a los objetos. Objetos comunes y corrientes. Memorias asignadas, casi al azar, de eventos que no tendrían nada que ver con el uso "normal" del objeto. Es como lo que siento cada vez que me pongo mi bufanda, o lo que me recorre la espalda cuando cierro las cortinas, o sencillamente lo que viene a significar un botón caído o la ropa rasgada. Condicionamiento clásico, la mente casi en estado de dejà vu, tan alerta que el más pequeño estímulo queda marcado como queda marcado el ganado.
Mi sueño... Sueño con serpientes, y no necesariamente la canción. La verdad es que últimamente he soñado muchísimo con serpientes (oojo, no con "culebras". Dije "serpientes".)
Era una especie de convivencia en el seráfico, una probadita de aquellos tiempos del colegio. Para ser más exactos, no era una convivencia. Era más una gira de campo, en la que habíamos tenido que recorrer algunos tramos de selva de lo más amazónico que se pueda imaginar. Hipérbole tremenda de Amazonas, tragándose todo lo que pone un pie adentro, intimidante.
Llegamos a una especie de poza en un río (que no era el Amazonas) adonde nos dejaron para nadar un rato ya que de todas formas teníamos que cruzarlo. El agua era de un color café... Como café con leche, digamos. Era espesa y tenía algas que se le pegaban a uno en los brazos cuando iba a nadar. Yo comencé a nadar, y llegando casi a la mitad de la poza -que estaba completamente estancada- vi que por todo lado había serpientes -no culebras, serpientes- de todos colores, gruesos, formas, tamaños. Y nadaban. No parecían acuáticas pero nadaban con una facilidad mortal -literalmente-. Nadie parecía notarlas, y me petrifiqué en mitad de la poza, además viendo las salamandras, iguanas y demás alimañas que también estaban ahí.
De pronto fue como si todo palpitara y todo este bosque exacerbado comenzara a crecer con cada palpitación, ciempiés, lombrices, hormigas, termitas, todo comenzaba a salir de la tierra y caminaba en las orillas o caía al agua. Nada más no me movía, el agua me llegaba a los labios y cuando abría la boca para respirar un poco me se me llenaba del sabor a herrumbre.
Un compañero llegó y me dijo "Carlita, usted sabe que estando conmigo no me le pasa nada". Asumo que viniendo de él ya debía haber previsto mi muerte, y creo que de hecho en el sueño sí lo sentí así. Me iba llevando a la orilla, y en un momento sentí un dolor en el pie. Me había mordido una de las serpientes entre los dedos del pie. Tenía dos puntitos de sangre.
Fui adonde Johnny a decirle lo que me había pasado, y qué podía hacer. Me dijo que todas eran culebras, que en esa zona no había serpientes, y que en todo caso lo que se podía hacer era esperar.
Y como nadie sabe lo que se siente morirse, la herida no me causó mayor molestia, nada más de un momento a otro sabía que estaba muerta, y que por no sé qué cosas que había hecho en vida -de verdad no sé- estaba condenada a vagar.
Mi estado era curioso. Para toda la eternidad, lo que me había quedado para vestir era el uniforme del colegio. Y cierta gente me podía ver, sólo aquellos a los que yo me quisiera mostrar. Podía atravesar cosas, no sé... Era como estar vivo pero con ciertas limitaciones, no recuerdo cuáles. Creo que sólo podía hacerme visible a la gente que no me importara. No podía aparecer frente a las personas que quisiera, o conociera. Y claro, a eso hay que sumarle el hecho de que pensaran que estaba completamente loca.
Me aparecí un par de veces, una vez en una iglesia, en la que una mujer comenzó a preguntarme que de dónde había aparecido, que cómo podía hacer lo que hacía, y aprovechando mi estado, con toda la solemnidad y al mejor estilo de las películas la vi con la mirada profunda, me le acerqué al oído y le dije "Lo puedo hacer porque estoy muerta"... Y lo dije de tal manera que sintiera el aliento en la oreja. Casi la mato, claro está.
Estar muerta tenía sus pros... Porque podía seguir yendo a la universidad, pero como estaba muerta (yay) podía llevar todos los cursos del mundo, y solamente lo que quisiera, porque tenía toda la eternidad para aprender lo que fuera, y como todo muerto, ni comía no tenía obligaciones sociales ni tenía que mantenerme, así que estaba preparada para ir a mis cursos de latín, de mitología, de literatura... Porque además me podía saltar todos estos dolores de la "ematrícula", jaja...
Si no me equivoco, dentro de los otros problemas que tenía estar muerto era que no sentía nada, que una vez intenté entrar a una piscina y no sentía el agua.
En un momento soñé que me encontraba con Alvaro y que le hablaba, y que le iba a demostrar que estaba muerta, porque, pues, muy a su manera, no me lo creía. Y bueno, voilà, eso fue todo lo que se necesitó. No sé cómo, no sé por qué, pero me iba a poner frente a un carro para demostrarle que me atravesaba. Me puse al sol y lo sentí, el calor, y cuando llegó el carro comenzó a pitar para que me moviera...
Y heme aquí, viva y coleando... Alegre, después de todo, de poder sentir este frío... Pero dolida porque sí tengo que mantenerme tarde o temprano, por lo que no puedo dedicarme nada más a la buena vida de los cursos de letras...
El sueño podrá no verse cautivante una vez escrito, pero estar ahí adentro fue de verdad interesante.
Aquí la única verdad es que la gente es predecible. Para no quedarse sin casa, vuelve el perro arrepentido. Yo, como siempre, pago los platos rotos, la culpa de haber nacido incluso cuando me muero... Más todavía si me muero.
Por un lado me tachan de egoísta e insensible, de que huí del problema "porque no me importa"... De que dejo de lado las cosas importantes por irme detrás de una causa perdida desde hace mucho...
Por otro lado, me mata ese silencio que nada más me confirma todo.
Más acá, me consuelan con trapos tibios... Me dicen que no, que no tuve la culpa de nada, que todo está bien... Pero no, me lo dicen nada más para que me calme y respire. Una vez que haya vuelto a la normalidad sé que me lo van a echar todo en cara y voy a volver a llorar... Pero así ya es fair play. Ya estaba calmada. Ya no es hacer leña del árbol caído...
Momento. Que nadie respire. Creo que se acaba de romper el silencio... Sí, en efecto. Pero duele todavía más.
Ahhh... ¿Pero qué digo? Hagamos como que ésto nada más no existió. Se me olvidaba que si de pronto me derrumbo es porque estoy loca, no porque tenga una razón... Son los demás los que la tienen... Mi trabajo es el de ser solidaria.
Qué pena, disculpen la molestia... De verdad, perdón. Ya vuelvo a mi lugar en el puesto de sonrisas.
Que estoy harta de que me vean como muñequita de porcelana, eso es lo que pasa. Todos en algún momento por alguna razón me han visto así. Y es que... No sé, he intentado redactar esto como mil veces y cada vez nada más suena peor.
El asunto comienza por los que me ven frágil ya sea psicológica o físicamente... Los que no toleran ni que me dé el viento (bueno, se los agradezco, muestra de que les importa, pero igual) y los que consideran que debería nada más vivir encerrada para que nadie vaya a llegar y hacerme sufrir porque Dios guarde... No me da miedo salir lastimada de una situación. No me da miedo decir lo que pienso... No me da miedo sentir que me muero si eso implica que hice algo que se parecía a vivir... Que es que palabra que no me da miedo estar triste por momentos, de hecho considero que estoy en todo mi derecho... De estar cansada, de estar enojada... Sólo las muñequitas no tienen ese derecho.
Puedo seguir con que no es cierto que vivo en mi mansión victoriana con mis muñecos, mis peluches y mi vida feliz y linda. Sí, mi vida es feliz y linda, pero porque así lo he querido como cualquiera lo puede querer... No por ninguna estrella que tenga en la frente. No me la pintaron en la fábrica, ¿saben? Se les debe haber olvidado...
Muchas veces me han enseñado que si uno es de cierta clase, debe relacionarse sólo con gente de esa cierta clase... Pero paria que seré, no creo que se me caiga el orito si de pronto hago migas con el más miserable de los miserables...
Ah, y en la fábrica además cometieron el terrible error de ponerme algo por lo menos parecido a algún mecanismo para sentir... Así que recientemente he cultivado una cepa deliciosa de odio contra ciertos "amigos" que han caído en desgracia por diversas razones, incluyendo el haberme visto como muñeca, o peor aún, el más capital de los pecados, haberme tratado como tal.
Porque no me importa ensuciarme las manos. Si tengo que trabajar con tierra, lo hago. No me da miedo que se me quiebren las uñas, que se me ensucie el pelo, mojarme. Si tengo que palear, paleo como cualquiera. Si tengo que sembrar, siembro. Si es de sentarme en un poyo a comerme una mandarina después de haber trabajado como peón de jardinería, ahí me encontrarán, y no me da miedo perder lo fashion. Nada podría importarme menos...
No soy una niña urbana, de tacones. Cada cosa tiene su momento, pero si es de ir a meterse a la montaña, cruzar ríos, lo que le pueda pasar por la cabeza, ahí estaré, no voy a ser de las que le pidan a un nene que las alce para no mojarse, o que griten en el típico truco de la vulnerable para luego quedarse con ellos...
Es más, no soy una muñeca que necesite muñeco para sentirse completa...
Wow, en un concurso de fruncir el ceño ya me habría llevado el millón de dólares con esta entrada... No tienen idea de cuánto me enojó otra vez la bendita concepción de muñeca...
Nada más por favor, por favor, antes de pensarlo, piénsenlo dos veces... Y antes de decírmelo... No, nada más no me lo digan a menos de que venga acompañado con un "pero ya no lo pienso"...
Lo juro que todavía me veo caminando por el hospital, bajando las gradas. Yo iba adelante, con uniforme. Iba pasando la gente y se me quedaba viendo. Seguro creían que se me acababa de morir alguien querido, o así, pobres tontos...
La pura y llana verdad es que lloraba de rabia por haber tenido que dejar mi orgullo de lado así como así... Y pensándolo bien no era sólo mi orgullo, en la canasta iban también mi dignidad y una buena parte de mi interés por que la gente viva o muera...
Creo que fue justamente en ese momento donde me hice todavía más fría, donde me comenzó a dar asco una buena parte de la humanidad... Eso fue lo que hizo, me hizo un poco menos humana...
Supongo que por lo menos, como byproduct, me hizo fuerte... ¿Cuál es la definición de fuerte?
Todo esto viene a que ayer pasé por el lugar, y veo los árboles, y todo, y vi la puerta por la que salí... Todavía me enferma un poco, después de todos estos años...
Y toda la noche que pasé ahí... No de muy buena gana, lo confieso, pero ahí al fin y al cabo... Muchas veces lo que importa no es tanto la intención... De buenas intenciones está lleno el infierno. Hacer las cosas es lo que de verdad importa. Y estuve.
No, ya se enfrió el odio de esos tiempos... Ya va siendo más indiferencia... Como lo dije, la que se enfrió fui yo...
Y lo pagó quien no debió haberlo pagado.
Esperé y esperé y de pronto ahí estaba. Era la entrada empinada a una especie de cueva larga y oscura. Tenía sólo unos cuantos rayos de sol que entraban por los lados conforme se movía, como un gusano que se muere.
Por fin llegamos a un punto en el que se detuvo, y por una bajada me encontré en un lugar que no era por el que había entrado, y como buena autómata, estaba segura de adónde tenía que ir, sin saber bien por qué.
El río frente a mí detuvo las aguas por un momento, y con miedo de que me traicionara, lo crucé corriendo. Apenas había llegado a la otra orilla cuando me volteé y ya el agua había vuelto a su curso, rugía, de hecho.
Caminé rápido al inicio, después cada paso era más corto que el anterior, y cada paso era además más doloroso.
Llegué a una bifurcación. Podía seguir bordeando el río o podía tomar un camino perpendicular del que no se veía el final porque era una bajada tal vez eterna.
Mi automatismo me dijo qué camino seguir, y comencé la bajada. En los edificios a los lados había ojos que todavía no me esperaban, y que se agolparon contra las ventanas sin ninguna discreción cuando me oyeron.
Y sí, cada vez caminaba más lento, como dándoles gusto.
En la mitad del camino me encontré con un oso enorme que alentaba a una niñita pequeñita y rubia a que saliera del camino. Ella no quería, y tenía entre los brazos un muñeco. No podía dejar de verla. El muñeco se volvió y me clavó unos ojos enormes concentradísimos en cada cosa que hacía. Por un momento casi me paro a verlo. Pero seguí por la misma inercia de siempre. Procuré irme como quien no quiere la cosa, sólo volviéndome un momento, y los tres se unían a los ojos que me veían y la niñita de daba de mamar al muñeco que, tragando, todavía no dejaba de verme.
Un poco más insegura de mi decisión -que después de todo no era mía-, seguí caminando sin remedio.
Un clavo me cayó a los pies. Volví a ver hacia arriba y me encontré a un hombre viejo y flaco que martillaba en un techo, y que daba toda la impresión de estar ahí al sol desde hace un par de vidas. Me volví hacia él para saludarlo, pedirle referencias, cualquier cosa, y sin verme él, se llevó un dedo a la boca, pidiéndome silencio. No pude decir nada, sólo salió un sonido como de animal, y lo vi mientras caminaba.
De pronto, dejó de martillar, y cuando yo estaba justamente al frente me vio a los ojos. Cuando vio que le iba a hablar me dijo "No haga bulla, o me mato."
Otra vez me quedé paralizada por dentro aunque seguía caminando, y sí, ahora los pasos eran todavía más cortos.
Cuando ya no lo veía, lo oí gritarme "¡...Y cuidado con los martillos...!"
A mi izquierda vi una puerta ancha de la que salía un aire frío. Era como una boca sin dientes, pero llena de tuercas, tornillos, máquinas despedazadas, y un piso lleno de un líquido negro, y rugoso como lengua.
En algún edificio cercano alguien se quebraba en un orgasmo eterno mientras muchos otros jadeaban alrededor.
Comencé a caminar más rápido, con pasos más largos, aunque había un muro frente a mí. Me costaba mantener el equilibrio, y creí por un momento que me iba a estrellar. Adonde aparentemente no había nada, noté las grietas de una puerta, y un llavín apareció como a la altura del ombligo.
No tenía la llave.
Me quedé ahí,como persona encadenada a máquina, cruzada con máquina que piensa pero que el cuerpo no responde porque no le pertenece... Y responde a algo mayor.
Pensé en mil cosas en un solo momento, y a través de las grietas pude ver lo que no veía desde hace años: verde. Y con ojos mecánicos creo que vi flores, hasta que me distrajo un movimiento involuntario -¿involuntario?-. Me llevé -¿yo?- la mano frente al pecho y la abrí. En la palma tenía una llave.
Sinceramente aliviada, pensé en abrir la puerta con la llave... Y la mano mecánica se cerró con la llave adentro, y, concertado todo con el brazo mecánico también, la tiraron lejos, viendo yo desde adentro que cada vez tenía menos control sobre la máquina.
Ya sin la llave cerca, la puerta se abrió sin un solo sonido. Entré.
En efecto todo era verde, hasta el agua que, a pesar de estar estancada, en apariencia corría.
Ahí la encontré, con cuatro ojos que juntos no valían por uno. Me dio de comer y me habló de cómo evitar la maldición de las miradas del odio con sólo otra mirada de vuelta...
Fue ahí donde me vio con los ojos acuosos y opacos, y me dijo: "Esto no es un sueño".
Si no me equivoco, no he despertado, y ésto sigue pasando momento a momento, se repite, y camino, y subo, y corro, y bajo, y el río se detiene otra vez, a veces me deja encerrada en medio y me siento morir. A veces el clavo no cae a mis pies, sino que se me clava en la boca, el muñeco logra detenerme, los que jadean me agarran con los brazos sucios y las manos húmedas, pero vuelvo...
Y todo termina con la misma afirmación de la que nunca despierto: "Esto no es un sueño."

¿Cómo van a decirme que lo soñé? Yo lo vi todo.
Sé que estuve ahí, que vi el camino bordeado de unas flores blancas. La calle era de lastre muy claro. Podían ser las tres de la tarde, pero todo se veía como en las tardes de diciembre, y el sol iba bajando pero no dejaba de alumbrar. A ambos lados había cercas vivas de árboles con hojas rojas que transparentaban conforme el carro pasaba al lado y el sol las iluminaba. Todo era llano a los dos lados, y eran potreros interminables con dientes de león que salían volando de vez en cuando. Yo acercaba la cara a la ventana abierta y poco a poco me iba despeinando con el viento. Había un olor a hierba dulcete, como cuando acaban de cortarla. Cerré los ojos.
De pronto ya no vi el sol, y era que habíamos entrado a un tramo que estaba rodeado de árboles espesísimos, con todas las hojas de un verde oscuro que no dejaba pasar ni un rayo. Las ramas se cerraban sobre la calle, y sólo se veía entre sombras. Comenzó a hacer frío. Llovía. Cerré la ventana y me sentí de verdad incómoda, preocupada, como a la expectativa de algo horrible.
Cruzamos varios puentes. La lluvia era cada vez más fuerte. Los ríos se veían cargados de agua e iban más y más rápido. Arrastraban troncos, hojas, y así mismo iban deshojando todas las ramas sumergidas. Bajo cada puente que pasábamos había un río todavía más caudaloso y más oscuro.
No paraba de llover, y las gotas comenzaban a sonar fuerte contra al suelo y contra el parabrisas. Casi no se veía. Teníamos que llegar a algún lugar. No sé adónde. No creo que alguno sí supiera, pero nos estábamos atrasando, y llegar ahí era vital. Vital.
Llegamos al final del camino. Era una especie de dique. Al frente: nada. A la derecha: Una catarata. A la izquierda: Un lago enorme por el que se asomaban ramas de árboles muertos, y que sólo lo cruzaba un puente curvo que se perdía detrás de otros árboles.
Aunque la perspectiva no era exactamente hermosa, era la única opción. El puente era de hamaca, y por la lluvia el nivel del agua aumentaba constantemente. Mientras el carro pasaba, se iba tambaleando sobre el agua y se le hundían las orillas. Un alambre se reventó. Y otro. Definitivamente no podíamos seguir. Teníamos que seguir a pie.
Estaba oscureciendo. Caminamos sobre el puente enorme y el agua comenzó a meterse por las suelas, a llegar a los tobillos, y no paraba de llover. El agua era negra, y tenía toda la apariencia de ser uno de esos lagos artificiales bajo los que todavía en algún lugar está el pueblo hundido. Pánico. Es el mismo sentimiento de los barcos encallados. Las ramas que salían del agua ya estaban gastadas y llenas de algas y musgo. Eran casi de piedra, el esqueleto de lo que sí tuvo vida. Ya el puente no se veía. Caminábamos y en cualquier momento podía faltar una tabla que nos terminara haciendo un árbol más.
Todo estaba cubierto. Me volví con la esperanza de volver a mi camino de lastre de alguna manera, pero ya no había nada que no fuera agua. La única opción era adelante. (¿y adónde estaba adelante?)
Recuerdo que el agua siguió subiendo, y que mientras seguía recordé a Arenal y Tronadora, los dos pueblos hundidos. Las ventanas, las casas, los techos, los muertos que siguen ahí en el cementerio hundido. Las flores, los árboles, la orden de desalojo. Irse y saber que no hay regreso. Que ya no existe. Que sólo hay adelante y que detrás no hay más que agua.
No recuerdo más. Dicen que desperté.
Yo sé que han pasado años desde eso, pero no pudo ser nada más un sueño. Si fuera un sueño, ¿seguiría persiguiéndome todavía hoy?
Ayer mi futuro llegó a atormentarme amenazándome con ser una copia de mi pasado. Gracias, mundo, por esas ironías que hacen la vida tan deliciosa. No quiero, no quiero y no quiero. Me niego. Preferiría vivir sola para SIEMPRE que volver a repetirlo.
En fin,
Posiblemente nunca termine de descubrir quién soy, pero este blog es lo más cerca que alguna vez estaré de saberlo. ¿Por ahora? Soy tica; estudio Informática y Filología Clásica en la Universidad de Costa Rica. Si saben algo más, se aceptan informes: Cualquier cosa fuera de eso me va a resultar una novedad.
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